domingo, 23 de junio de 2013

ARTÍCULO 6


Precisión sobre el acceso de Mussolini y Hitler al poder


© ENRIQUE  CASTAÑOS



Desde hace algún tiempo cada vez es más frecuente oír a ciertos tertulianos, periodistas,  comentaristas políticos e incluso sesudos intelectuales, que tanto Benito Mussolini como Adolfo Hitler llegaron al poder a través de consultas electorales y gracias a los mecanismos de la democracia parlamentaria, lo cual, para un historiador riguroso, es, cuando menos, no del todo exacto y preciso. Inmediatamente después de la enorme presión ejercida con la Marcha sobre Roma de los fascistas italianos, el rey Víctor Manuel III le confía a Mussolini la formación de un nuevo Gobierno el 29 de octubre de 1922, vulnerando así claramente las disposiciones constitucionales vigentes y haciendo caso omiso al primer ministro Luigi Facta, que demandaba la instauración del estado de sitio. El 25 de noviembre, la Cámara le otorga a Mussolini plenos poderes, de tal modo que cuando se celebran las elecciones de abril de 1924 que confieren una amplia mayoría al Partido Fascista, eso se debe, además de a la brutal intimidación de los matones fascistas, al cambio de la Ley Electoral llevado a cabo en su propio beneficio sin pérdida de tiempo por los enemigos acérrimos de la democracia parlamentaria. El resto es bien sabido. Es decir, las mencionadas elecciones de abril son en buena medida el resultado de una decisión del Rey profundamente errónea, por mucho que para disculparla se invoque el apoyo a la misma del mundo de las altas finanzas, de los grandes industriales y de los terratenientes, que temían, quizás con fundadas razones, el triunfo de una Revolución en Italia inspirada en la bolchevique.

En cuanto al ascenso de Hitler a la Cancillería el 30 de abril de 1933, además de las imprescindibles biografías de Alan Bullock, Joachim Fest y Ian Kershaw, habría que conocer la sólida investigación de Henry Ashby Turner (A treinta días del Poder. Barcelona, Edhasa, 2000), en la que aduce suficientes pruebas de que lo que se urdió entre el comienzo de la Navidad de 1932 y aquella fatídica fecha fue una conspiración palaciega, aprovechando la debilidad y senilidad del Presidente Paul von Hindenburg, maniobra propiciada principalmente por el ex canciller Franz von Papen, el hijo del Presidente, Oskar, y el Secretario de Estado, Otto Meissner. Incluso un hombre tan autoritario como el general Kurt von Schleicher, canciller en ese mes crucial, se opuso con todas sus fuerzas al tenebroso nombramiento (Hitler se vengaría de ello sin piedad ordenando su asesinato y el de su mujer en la llamada «Noche de los cuchillos largos», ocurrida entre el 30 de junio y el 2 de julio de 1934). También recae una alta responsabilidad en ese contubernio en Alfred Hugenberg, líder del derechista Partido Nacional del Pueblo Alemán. En las elecciones al Reichstag de junio de 1932, el Partido Nazi obtiene el 37’4 % de los votos y 230 escaños, mientras que en las de noviembre de ese mismo año desciende al 33’1 % de los votos y a 196 escaños. La mayoría, no todavía absoluta, de las elecciones del 5 de marzo de 1933, con el 43’9 % y 288 escaños, se debe, aprovechando, entre otros factores, muy hábilmente el fortuito incendio del Reichstag, a la brutal represión y extremas dificultades de los opositores de izquierda. Lo que Hindenburg le permitió a Von Papen, disolver el Reichstag, no se lo concedió en su momento a Schleicher. «El acceso de Hitler al poder no tuvo nada de inevitable», concluye Kershaw y reafirma aún más Turner. La economía se estaba empezando a recuperar de los catastróficos efectos de la Gran Depresión. Esto significa, entre otras cosas, que el desempleo estaba disminuyendo a finales del otoño de 1932. Si Hindenburg hubiese resistido, si Von Papen y Hugenberg, no sabremos quizás nunca si ingenuamente, no hubiesen creído que podrían manejar a Hitler y a los suyos, el Partido Nazi casi con total seguridad se hubiese ido diluyendo a medida que se activase la economía y disminuyese el desempleo. Y, además, podemos estar prácticamente seguros que Hitler no se hubiese atrevido a reeditar un golpe del tipo del «putsch de la cervecería» como el de Munich entre el 8 y el 9 de noviembre de 1923. El fracaso estrepitoso de este patético golpe lo había vacunado contra cualquier intento de conquista violenta del poder. A ello se suma que no contaba ni con el Ejército (Reichswehr) ni con la Policía, y especialmente Prusia, el Estado con diferencia más poderoso e importante de Alemania, le era claramente hostil. Un hombre tan contrario a la democracia como el mariscal Erich Ludendorff, héroe de la Gran Guerra y que apoyó entusiásticamente a Hitler en el aludido putsch, pudo llegar a conocer tanto las verdaderas intenciones del inminente canciller, que, a puerta cerrada, le dijo a su viejo camarada el Presidente Hindenburg, a finales de enero de 1933, lo siguiente: «Yo profetizo solemnemente que este hombre maldito precipitará nuestro Reich en el abismo y hundirá nuestra nación en una miseria inconcebible. Las generaciones futuras os maldecirán en vuestra tumba por lo que habéis hecho». Desgraciadamente, Hindenburg prefirió obviarlas, pero, en efecto, pocas veces unas palabras han sido tan diabólicamente proféticas.



Publicado en el diario SUR de Málaga el 19 de agosto de 2012.

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