domingo, 1 de marzo de 2015

Artículo nº 54 / Sinopsis y comentario de Gösta Berlings Saga, de Mauritz Stiller (1924), por Enrique Castaños.



Gösta Berlings saga («La leyenda de Gösta Berling»), de Mauritz Stiller (1924).

 

Guión: Mauritz Stiller y Ragnar Hyltén-Cavallius, según la novela homónima de la escritora sueca Selma Lagerlöf, publicada en 1891.

Fotografía: Julius Jaenzon.

Interiores: Vilhelm Bryde.

Productora: Svensk Filmindustri.

184 m. Muda. B/N.

La película fue rodada durante casi seis meses en 1923 y presentada, la primera parte, el 10 de marzo de 1924, y la segunda parte el día 24 del mismo mes. En la versión rodada inicialmente por Mauritz Stiller, la primera parte tenía 2345 metros y la segunda 2189 metros. La versión vista por mí, y en la que me baso para escribir lo que sigue, es la copia restaurada en 1975 por el Svenska Filminstitutet (Swedish Film Institute).

 

Reparto:

Lars Hanson………………………..Gösta Berling.

Gerda Lundesquit (Lundeqvist)……Margaretha Samzelius, esposa del Comandante.

Greta Garbo………………………..condesa Elizabeth Dohna.

Ellen Hartman-Cederström………..condesa Martha Dohna.

Torsten Hammarén………………..conde Henrik Dohna.

Mona Mårtensson………………….Ebba Dohna.

Karin Swanström (Svanstrom)…….Gustafva Aurore Sinclaire.

Sixten Malmerfeldt (Malmerfelt)….Melchior Sinclaire.

Jenny Hasselqvist………………….Marianne Sinclair.

Otto Elg-Lundberg…………………Comandante Samzelius.

Svend Hornbeck……………………Christian Bergh, uno de los caballeros.

Hugo Rönnblad…………………….Beerencreutz, uno de los caballeros.

Sven Scholander……………………Sintram, uno de los caballeros.

Hilda Forslund……………………..Madre de Margaretha Samzelius.

 

Debe consultarse el importante ensayo del crítico sueco Bengt Idestam-Almquist (Turku, Finlandia, 1895 – Enskededalen, Suecia, 1983), titulado Cine sueco. Drama y Renacimiento (Buenos Aires, Losange, 1958; traducción de la edición italiana de Alberto Óscar Blasi). El capítulo XIV está enteramente dedicado a nuestra película. Me referiré a algunos de sus comentarios a lo largo de mi sinopsis del filme. Es posible―tomo el dato de la Stockholms Stadsbibliotek―que el libro sea el que se editó originalmente en Estocolmo en 1952, con una introducción de Victor Sjöström, con el título Classics of the Swedish cinemathe Stiller & Sjöström period (una prueba podría ser que, al referirse el mencionado crítico a otro filme anterior de Stiller, Herr Arnes Pengar, de 1919, dice en la página 167 que fue «realizado hace treinta y cuatro años»). Otro libro anterior muy destacado de este crítico (¿o se trata de la primera versión del mismo ensayo?) es el que se editó en Estocolmo en 1939, con el título Svenska filmens drama – Sjöström och Stiller. Al no ser la edición española una traducción directa del original, se aprecian numerosos errores sintácticos y gramaticales.

 

SINOPSIS Y COMENTARIO DE ©ENRIQUE CASTAÑOS.

 

La acción transcurre en la región sueca de Värmland, donde se sitúa el lago Löfven (Löven). El principal lugar de toda la acción es la gran mansión de Ekeby, rodeada de leyendas. La época es la de las guerras napoleónicas, a principios del siglo XIX, en torno a 1800-1804. La vestimenta de los personajes, los peinados y los muebles son de la época del Consulado y estilo Imperio. Se llegó a emplear un juego de café auténtico de 1820. No obstante, es cierto, como dice Bengt Idestam-Almquist, que la caoba de la época del Consulado y del estilo Imperio fue sustituida por la madera de abedul sueco. Ello no resta nada al logro de la ambientación. Para tener un modelo de referencia seguro, en relación con los muebles, vestimenta y peinados que observamos en la película, pensemos que muy buenos ejemplos podrían ser algunos cuadros del pintor Jacques-Louis David, tales como el retrato de Madame Raymond de Verninac (1798-1799), el retrato de Madame Récamier (1800), el retrato de Napoleón en su gabinete (1812) y el retrato de Madame Tangry y sus hijas, pintado ya en el exilio en Bruselas (1818).

A pesar de las críticas recibidas, las dificultades para adaptar una novela tan extensa como la de Selma Lagerlöf, eran muy grandes. De ahí el extraordinario ejercicio de síntesis de Stiller, que siempre consideró, además, al cine como un arte autónomo, en absoluto subordinado a la literatura. Más aún que en ésta, sus auténticas fuentes de inspiración son la pintura, la arquitectura y la música. No obstante, la presencia de la gran novelista sueca es indiscutible, quien, a su vez, debió sentir una profunda admiración por Guerra y paz de León Tolstoi, la inmortal novela del gran escritor ruso, fallecido en 1910, al año siguiente de que Selma fuese reconocida con el Premio Nobel, la primera mujer en recibirlo. Cuando Selma vio la película, no quedó satisfecha en absoluto, debido a los cambios introducidos por Stiller respecto del guión que la escritora había visto inicialmente y al que había dado su consentimiento. Por ejemplo, la discusión en el interior de la iglesia, cuando Gösta Berling es todavía párroco, disgustó profundamente a Selma Lagerlöf, «pero el filme ya había sido exhibido en todo el país, y no quise levantar un escándalo con mis protestas», escribió Selma en una carta, un extracto de la cual reproduce Bengt Idestam-Almquist en su ensayo (Cine sueco, pág. 216). La duración del filme es considerable, tres horas, y, sin embargo, Stiller no tiene más remedio que concentrar la acción en lo fundamental, sin olvidar, como nunca lo hace, el dibujo más exacto posible de los caracteres, a los que solía perfilar incluso en pocos segundos, sabiendo extraer aspectos escondidos inimaginables de un rostro. De nuevo la presencia de la naturaleza, de los paisajes nevados, de los árboles y del lago, es una de sus señas de identidad, así como del otro gran exponente del cine sueco del periodo mudo, Victor Sjöström. A pesar de esos cambios en el guión original, que tanto contrariaron a Selma Lagerlöf y que han sido criticados hasta la saciedad, es muy posible que la película de Mauritz Stiller continúe estando mucho más viva que la novela en la que se inspira. El propio Bengt Idestam-Almquist pondera sin ambages el guión original, afirmando «que no tiene parangón. Las escenas son tan fuertes y grandiosas, que el papel se dobla bajo su peso. Hay una explosión en cada página. Una tensión dramática sin igual. El interés no reside en los acontecimientos exteriores, sino en el alma de cada personaje. Se conmueven como volcanes. Son inspirados por fuerzas internas, ya hermosas, ya reprobables, según las situaciones, que les empujan como centellas. Sentimientos hermosos, heroicos, conmovedores, tiernos, excusables, edificantes. Pero también malvados, dañosos, odiosos, en su egoísta ambición. Fuerzas destructoras» (Cine sueco, págs. 214-215). Sin embargo, a continuación admite que este guión no era posible ser seguido al pie de la letra por Stiller, de tal modo «que lo que interesa a Stiller no es la interioridad de los personajes, sino su tipo exterior, los acontecimientos explosivos y pintorescos. Y estos tipos exteriores y las escenas cargadas de acontecimientos han sido vertidas con una fuerza impetuosa» (Cine sueco, pág. 215). Discrepo de esta opinión, en cuanto que la pintura de los conflictos internos de los personajes, sus caracteres y temperamentos, siguen poseyendo la preeminencia, sin obstáculo de integrarse magistralmente en el conjunto. Mauritz Stiller no podía hacer una película que fuese fiel por completo a la novela, que tiene entre quinientas y seiscientas páginas. Además, la autonomía de la obra de arte se lo impedía. Él no traiciona el espíritu de la novela, pero está obligado a efectuar un ímprobo ejercicio de síntesis. No obstante, los personajes principales, en absoluto quedan desdibujados; eso sí, es posible que sean más los personajes de Mauritz Stiller que los de Selma Lagerlöf. Pero esto es consubstancial a un gran artista.

 

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*Primera Parte / En la secuencia inicial, los doce caballeros que habitan la gran mansión de Ekeby, celebran la Navidad. Están alojados allí por expreso deseo de su dueña, Margaretha Samzelius, esposa del comandante Samzelius. Margaretha recibió ese legado (aunque todavía no se dice nada) de su antiguo amante, Altringer, ya fallecido. El testamento establecía que Ekeby fuese para ambos esposos, pero quien disponía en el lugar era Margaretha, cuyo apellido de soltera era Celsing. Stiller, igual que hiciera en su película Johan (1921), especialmente en la cabaña del viejo pescador durante las escenas finales, vuelve a filmar el techo, con sus vigas de madera, donde se encuentran los alegres bebedores. Su adelanto a Orson Welles en Citizen Kane (1941) resulta innegable en este aspecto de la concepción del espacio.

Durante la fiesta, uno de los caballeros, Gösta Berling, recuerda, a través de un prolongado flashback, los tiempos en que era pastor protestante de una parroquia, entregándose desordenadamente a la bebida, hasta que un día, después de un inspirado sermón en la iglesia, que arranca las lágrimas de algunas de las mujeres asistentes, de pronto, como intuyese que el propio obispo había asistido debido a las quejas contra él de parte de la feligresía, y como viese que la representación jerárquica estaba satisfecha, pero sin dejar de preguntar a la concurrencia si tenían algo que decir del pastor, entonces, Gösta Berling, ante el silencio general, se enfrenta inesperadamente con todos los asistentes, llamándoles hipócritas y diciéndoles en su propia cara que quién es el que se atreve a acusarlo de borracho. Sí, es un bebedor, y conforme salga de allí se encaminará a la taberna. La incredulidad inicial deriva en un tumulto que provoca incluso miedo en el obispo y sus acompañantes. A Gösta Berling algún que otro feligrés intenta arrojarle algo, pero él no ceja de despotricar y de gritar contra todos. Las consecuencias de su soflama enardecida son muy severas. Es expulsado del sacerdocio por sus superiores.

Consigue un trabajo como preceptor de Ebba Dohna, en la gran propiedad de Borg, en casa de la condesa viuda Martha Dohna, quien, desde su primera aparición en pantalla, tratando despectivamente a la servidumbre, es perfectamente retratada por el realizador. Gösta Berlin ha sido llamado por la propia Martha, quien ha urdido un plan maquiavélico para arrebatarle el gran dominio de Borg a Ebba, una hermosa joven, muy religiosa, que perdió a su madre hace algún tiempo. Lo que pretende Martha es que Ebba y Gösta se enamoren, de tal modo que, al comprometerse en matrimonio, Ebba perdería la finca de Borg, al casarse con un plebeyo. De ese modo, Borg iría a incrementar la herencia de su hijo único, Henrik. Parece deducirse que Ebba es hijastra de Martha (en la novela, Ebba es hermana de Henrik).

Henrik se ha casado en Italia, en la localidad de Ancona, con Elizabeth (ya veremos que ese matrimonio no es jurídicamente válido según las leyes suecas de entonces, por lo que tendrán más adelante que cumplimentar unas formalidades burocráticas), una hermosísima joven que no aporta dote alguna al enlace. De ahí el rechazo que provoca desde el principio en la interesada, mezquina y calculadora condesa Martha Dohna. Según el plan de ésta, Gösta Berling se enamora efectivamente de la dulce Ebba, prometiéndose y declarándose ambos su amor, especialmente Ebba a Gösta, en el parque de Borg, junto al monumento erigido en memoria de la madre de Ebba. Se abrazan con pasión verdadera, pero, inquiere Gösta, ¿cómo un sacerdote depuesto puede hacerle a una mujer semejante promesa?

Margaretha Samzelius es la mujer más poderosa de Värmland. Además de Ekeby, posee seis fundiciones. Con las grandes fiestas que periódicamente ofrecía, Margaretha brillaba en Ekeby. En los banquetes, siempre se presentaban sus doce caballeros para animar el ambiente. No puede dudarse de las resonancias simbólicas del número doce, no tanto en sentido veterotestamentario o evangélico, que no viene ahora al caso, sino en relación con los doce caballeros de la Tabla Redonda del ciclo artúrico, o en relación con los Doce Pares de Francia, por no hablar de que el Estado etrusco, anterior al dominio de Roma, estaba dividido en doce ciudades federadas, así como del hecho de que Rómulo, uno de los dos hermanos fundadores legendarios de Roma en 753 a. C., instituyó doce lictores, esto es, los oficiales que precedían a los principales magistrados de la antigua Roma, llevando un haz de varas (Juan-Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Barcelona, Labor, 1982, pág. 174). En uno de los banquetes, vemos a dos criados cuchicheando en un altillo. Hablan de que la posesión de Ekeby se debe a la generosidad de Altringer, el amante fallecido de Margaretha, algo que sabe todo Värmland. En su testamento, Altringer le dejó también siete fundiciones. Asimismo, corre el rumor de que el comandante Samzelius está al corriente de las antiguas infidelidades de su esposa.

En la siguiente toma vemos cómo Elizabeth aprecia sinceramente a Gösta Berling como profesor y amigo, estando ya prometido a Ebba. También Gösta Berling ha sido fugazmente su preceptor.

Elizabeth le extiende los brazos a Gösta Berling en la mansión de los Dohna

En una de esas deslumbrantes fiestas, Martha tiene la desfachatez de contarle sus mezquinos y egoístas planes para con Ebba a Elizabeth. Además, según el testamento (se supone que el del padre de Ebba; más extraño sería que fuese de la madre muerta; en cualquier caso, no se aclara en la película), para que Ebba herede Borg, tiene que casarse necesariamente con alguien de la nobleza. De ahí los tejemanejes para que se case con el plebeyo de Gösta Berling. Pero Ebba se acerca adonde se hallan sentadas ambas mujeres, y, sin que ellas la vean, escucha lo suficiente, quedando patente su dolor por el desengaño sufrido. Elizabeth se percata de su presencia, y, ante la altiva indiferencia de Martha, se presta voluntariosa a consolarla, siguiéndola hasta el carruaje de Henrik. Ambas se introducen solas en el interior y Ebba da la orden al cochero para que la lleve a su casa. Esta decisión ofenderá posteriormente a Martha, para quien Ebba no tiene derecho a coger por su cuenta el coche de su hijo. En el interior del carruaje, Ebba y Elizabeth conversan, especialmente la italiana, que consuela a la huérfana. Elizabeth le dice que está segura de que Gösta no sabe nada del plan urdido por Martha. Ebba le contesta que ha desperdiciado su amor por un hombre sin valor. Llegan a casa de los Dohna. Allí está Gösta Berling, en lo alto de la escalera. Las ve; comienza a descender y Ebba lo contempla desde abajo. «Esconder mi vergüenza; ése ha sido mi único crimen», le dice Gösta a Ebba. Casi enteros primeros planos espléndidos de Elizabeth, envuelta toda ella en un flou vaporoso, desdibujando suavemente los contornos, al modo del sfumato leonardesco, o de algunos retratos de la fotógrafa inglesa Julia Margaret Cameron del decenio de 1860. Por primera vez en la historia del cine, esta desconocida muchacha sueca, nacida en Estocolmo en septiembre de 1905 con el nombre de Greta Lovisa Gustafsson, y que sería mundialmente conocida muy pronto como Greta Garbo, aparece ante las cámaras, y lo hace emanando una belleza intemporal, misteriosa, melancólica, una extraña y ecléctica síntesis entre el clasicismo griego de la época de Pericles, los dibujos de Leonardo y algunos cuadros de los prerrafaelistas ingleses de la segunda mitad del siglo XIX, especialmente del que durante un tiempo fuese su jefe de filas, Dante Gabriel Rossetti. Se ha repetido hasta la saciedad, pero el descubrimiento de Mauritz Stiller fue sencillamente asombroso y único. Podía sentirse legítimamente orgulloso de haberlo hecho. En esta su primera actuación, la cámara de Julius Jaenzon logró unos planos de ella que justamente han pasado al archivo de la eterna belleza de las criaturas humanas, rozando esa belleza casi divina que tanto anhelaban los genios del Alto Renacimiento italiano, influidos o no por el pensamiento neoplatónico de Marsilio Ficino y de Pico della Mirandola. Gösta Berling debe marcharse, son las palabras de Ebba a Elizabeth. Ésta, por su parte, le ruega delicadamente a Gösta que no se vaya, pues todos gustan de su presencia. Maravillosa conversación, demasiado breve para tanta pasión escondida, entre Elizabeth y Gösta Berling al pie de la escalera. Los planos de Elizabeth se suceden, a cual más inefable. Gösta Berling reconoce delante de Elizabeth que ella ha deseado lo mejor para todos, pero que ya no hay vuelta atrás. Éste es su destino. Hermosísimos planos de ella, viéndosele la cabeza y los hombros, aquélla ligeramente ladeada hacia la derecha del cuadro, revelando una inesperada y excepcional fotogenia. «Ningún hombre que ama a una mujer, puede estar maldecido», le contesta Elizabeth, en alusión a su amor por Ebba. Con el cabello delicadamente rizado recogido por una cinta, según la moda de la época del Consulado, las facciones de la que está hablando, con sus finos labios, sus ojos lánguidos, párpados alicaídos, despejada frente, cuello esbelto como el de una diosa de Botticelli, mentón y mejillas suavemente modeladas, no pueden por menos que representar un ideal de perfección y de belleza, el ideal de Mauritz Stiller, irreal, casi incorpóreo, angelical, donde la definición sexual ha desaparecido ya, se ha vuelto etérea, evanescente, inconcreta, inmaterial. Ya tenemos aquí, en su primera película, a Greta Garbo, con apenas diecinueve años, en toda su imprecisa y escurridiza belleza, una belleza que, probablemente, no sería superada ni tan siquiera por ella misma en el futuro. Asimismo, los casi primeros planos de Lars Hanson en su papel de Gösta Berling son extraordinarios, revelando a un actor consumado. Al poco, llegan Martha y su hijo Henrik, prosaicos, interesados y vulgares en sí mismos, sin necesidad de compararlos con los otros tres personajes que los han precedido. Henrik, que ha oído algo de lo que decía su esposa, se dirige a ella diciéndole que está hablando de cosas de las que no entiende. Le estrecha la mano al preceptor y a continuación le exige a Elizabeth que pida perdón a Gösta Berling. El plano de Greta Garbo que surge ahora en la pantalla es inolvidable, de una incomparable belleza; no sabemos si estamos ante un ángel, una ninfa o una diosa. Su mirada es absolutamente romántica; su semblante, sublime. Henrik está humillándola. Insiste en que pida perdón al preceptor de Ebba y bese su mano. Advertido por su madre durante el trayecto de vuelta, el estúpido de Henrik, incapaz de pensar por sí mismo, intenta evitar que el sibilino plan de su madre, la condesa Martha Dohna, se venga abajo. Incluso llega a decirle inexplicablemente a su esposa que si lo que está buscando es que se bata en duelo con Gösta Berling. Henrik extrae una tarjeta de visita del interior de la chaqueta, pero, entonces, Elizabeth reacciona con resolución: se la arranca de las manos y la rompe, arrojando los trozos al suelo. La italiana se dirige a Gösta Berling, quien contempla atónito e indignado cómo madre e hijo están rebajando a tan noble y delicada criatura. Elizabeth, sin embargo, le suplica que le acerque su mano, a fin de besarla y pedirle perdón, demostrándoles así, le dice, que debe ser obediente. Pero es ella la que extiende sus hermosos brazos, ofreciéndoselos a él, quien le besa apasionadamente las manos. Inmediatamente después de esta acción, Gösta Berling abandona la casa de los Dohna, permaneciendo Elizabeth sentada―pues sentada le tendió sus brazos al hermoso joven―, doblando ligeramente el cuerpo hacia un lado. Fundido en negro.
 
Elizabeth le extiende los brazos a Gösta Berling en la mansión de los Dohna

Fue después de este incidente, que Gösta Berling convirtióse en caballero de Ekeby. Hasta aquí ha llegado el flashback en el que ha recordado su pasado. De nuevo volvemos al principio del filme, cuando los caballeros descansan ebrios y agotados de la celebración navideña, en la que se han divertido mucho, pero también se han asustado, sobre todo cuando Sintram, en secreto y a instancias de Gösta Berling, aparece por entre unos escombros, rodeado de pequeñas explosiones de fuego, convertido en demonio, convocado teatral y declamatoriamente por Gösta, que logra engañar y asustar a sus conmilitones de correrías. Cuando le arranca el disfraz de la cabeza, todo queda en un susto, que se disipa pronto una vez que Beerencreutz entona una canción acompañado de la guitarra. Pero todo eso ha sucedido antes de la remembranza de Gösta Berling, quien, después de tan prolongado recordatorio, se incorpora. Su estado de ánimo roza la desesperación. Por un instante, su mente evoca la promesa que le hizo en el parque de Borg a Ebba. Extrae de su bolsillo una carta de Elizabeth, en la que le informa que para Ebba todo se derrumbó una vez que él la dejó. Llegó a decir que había dedicado su amor a quien no se lo merecía, palabras que repetía frecuentemente durante su enfermedad, una neumonía. Al fin, escribe Elizabeth en su corta misiva, Ebba ha muerto. Y termina: «Estas son las tristes noticias que le envío. Elizabeth». La desesperación de Gösta Berling se acrecienta. Decide suicidarse, pero antes escribe sobre el muro una suerte de testamento-despedida: «Aquí yace el caballero Gösta Berling, párroco depuesto, acusado de haber destruido aquello que más quería en el mundo». En el último instante, cuando ya sostiene con una de sus manos la alargada pistola, irrumpe de improviso la Comandante, Margaretha Samzelius, que le detiene y lo arroja vehementemente a un rincón, indignada por su comportamiento atolondrado e inmaduro, propio de un adolescente y no de un hombre hecho y derecho como él. Evócale entonces cuando era Margaretha Celsing, una mujer hermosa a la que todos los hombres deseaban. « ¿Sabes, le dice, que amé y fui amada? » Pero como su amado Altringer era pobre y desconocido, su madre no aprobó la relación, obligándola a casarse con el Comandante Samzelius. Años después, volvió Altringer, rico y poderoso. Se convirtió en señor de Ekeby, continúa relatándole, llenando de alegría mi vida. Pero pronto comenzaron a hablar de mi relación con él, hasta que los rumores llegaron a mi madre, que un día vino a verme. En mi propia casa me llamó adúltera, y yo entonces la eché. El encaramiento entre madre e hija que Margaretha le narra a Gösta Berling, puede verlo en un flashback el espectador (la breve escena transcurre en el vestíbulo de la casa de Margaretha). Pero antes de arrojarla de su casa, Margaretha le reprocha a su madre que la obligase a casarse con Samzelius sólo por su dinero y posición. En el momento de abrirle la puerta de la calle, le dice con energía y firmeza que no será más su hija ni ella su madre. Ambas salen fuera, y, ya montada en su calesa, la madre la maldice, propinándole una bofetada. Margaretha se atreve a zarandearla e incluso atisbamos un amago de devolverle el cate. Aquí finaliza el flashback en el que Margaretha le ha sintetizado su pasado a Gösta Berling. La acción vuelve a la realidad. Después de ese breve relato, sus primeras palabras para su oyente es que, desde ese incidente con su madre, supo que Margaretha Celsing había muerto para siempre. Si hubiese estado realmente viva, no se habría comportado así con su propia madre. Se lamenta profundamente de haber renegado de ella. Gösta Berling la ha escuchado atónito. Ella ha estado todo el tiempo delante de la chimenea, mientras que los caballeros dormían desparramados, en cualquier sitio, la borrachera. « ¿Es que por tener marido y ser la esposa de Samzelius estaba viva? No». Gösta Berling reacciona, contestándole que la vida debe ser vivida y continuar adelante.

Después de esta intensa secuencia, la narración continúa con las fiestas que, sin interrupción, se suceden en Ekeby. En una de ellas, durante una representación teatral de tema español y vestimenta andaluza, Marianne Sinclaire, una vez bajado el telón, besa en la boca a Gösta Berling, improvisados actores los dos que han suscitado la admiración del público asistente. Pero Sintram, maliciosamente, sube de nuevo el telón, cuando todavía están besándose, aunque la concurrencia, entre la que se encuentra el padre y la madre de Marianne, piensa que se trata de la última escena de la obra. Los dos amantes disimulan, diciéndose que deben continuar, pues de ese modo creerán todos que el beso formaba parte del guión. A Melchior Sinclaire, el padre de Marianne, no le ha hecho ninguna gracia, pero se hace el desentendido ante el general aplauso. El telón vuelve a bajarse, y es entonces cuando Gösta Berling le reprocha suavemente su acción a Marianne. Ésta se aleja seria y disgustada. Es evidente que se siente atraída por él. La diversión continúa, y otra vez Sintram, de nuevo con malicia, pregunta en voz alta, delante de Melchior, si ese beso estaba en el guión. El padre lo comprende todo. Enfurecido y herido en su orgullo, ordena a su esposa abandonar la fiesta y regresar a su casa. Marianne quiere seguir a sus padres, pero Melchior hace arrancar el trineo, dejándola atrás. Marianne corre tras ellos, pero el padre continúa sin volver la vista atrás, mientras la madre permanece impotente y embargada por la pena.

La acción vuelve a Ekeby, donde al caballero Christian Bergh, completamente borracho, en el fondo enamorado de la señora y dueña del lugar, Margaretha, se le escapan palabras ofensivas para ella, pues proclama públicamente, delante de Samzelius, que Altringer fue su amante, dejándole, antes de morir, las fundiciones como cuantiosa herencia. Inmediatamente se arrepiente de sus palabras y le pide perdón de rodillas, justificándose en que está beodo. Pero el daño, aunque involuntario, está ya hecho. Entre Margaretha y su marido tiene lugar una fuerte discusión delante de todos. Los reproches son mutuos. Él termina conminándola a que se marche de Ekeby, que es tan suyo como de ella. « ¿Es que pretendes echarme de mi propia casa? », le contesta Margaretha. Pero el marido permanece obstinado e impasible. Margaretha, entonces, muy fugazmente, recuerda la discusión con su madre, la bofetada que le propinó y cómo la maldijo. Abatida, encorvada, aparentemente vencida, abandona Ekeby. Cuando sale, no sin antes suplicarle de nuevo perdón el bonachón de Christian Bergh, los caballeros, liderados por Gösta Berling, se enfrentan a Samzelius. Éste hace entrega de la mansión a los caballeros, para que así destruyan la herencia de Altringer. Gösta Berling, muy teatralmente, como siempre, se sube a una mesa, copa de champagne en mano, y proclama solemnemente el fin de Ekeby, abriendo los brazos, moviendo la cabeza de un lado para otro y arrojando con fuerza finalmente la copa al suelo, en señal de conclusión definitiva. Así termina la primera parte de la película, de una hora y media de duración.

 

 

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*Segunda Parte / Después de un brevísimo resumen del fin de la primera parte, la segunda parte comienza con la salida de Gösta Berlin en busca de Marianne Sinclaire. Ésta llama impotente y desesperadamente a la puerta de su casa, pero su padre no permite que se le abra. Ante la negativa, Marianne se aleja profiriendo amenazas. Traspasa la puerta de la verja y se deja caer agotada y abatida en el denso manto de nieve, quedándose dormida. Cuando llega Gösta Berling, la halla en el mismo sitio. Marianne se despierta, al acercarse él y cogerle la cabeza. Se besan. Gösta le dice que estaba buscando a la nueva señora de Ekeby, pero que acaba de encontrarla: es ella. Le promete honrarla y respetarla. La conduce hasta el trineo y se marchan juntos.

Por su parte, la humillada Margaretha se encamina hacia la casa de su anciana madre.

Gösta Berling y Marianne Sinclaire llegan a Ekeby. Ella se siente libre de cualquier atadura. Ahora son ellos los señores del emblemático y legendario lugar. Marianne le declara su amor, pero al poco tiempo cae enferma. El médico acude de inmediato, y al salir de la habitación Gösta solicita su discreción.

Margaretha, después de vagar días y noches, llega hasta la cabaña de madera, en medio del bosque, donde vive su anciana madre. Entra y la halla trabajando duramente, con enorme esfuerzo. El recibimiento de su madre es frío. Sólo le indica que la ayude. La hija se desprende del pesado abrigo y se dispone a secundarla a mover un gran torno. Sin embargo, antes de que pueda hacerlo, su madre cae desfallecida. Margaretha la recoge con cariño, la acuesta y la cuida. «Ahora―dice la madre en su lecho de muerte―comprendo por qué Dios me ha permitido vivir tanto». Margaretha le suplica que reniegue de la maldición que una vez echó sobre ella. Entonces, la madre le inquiere si se ha arrepentido de sus pecados. La hija es sincera; le contesta que no. Rememorando las palabras bíblicas, la madre responde: «Si tu mano comete pecado, arráncatela y arrójala al fuego». Ante el lecho de muerte de su madre, Margaretha promete solemnemente: « ¡Voy a completar mi sacrificio: expulsar a los caballeros y destruir Ekeby! » Después de pronunciadas esas amenazadoras palabras, su madre expira. La maldición que un día profiriese sobre su hija, no ha sido revocada.

En Ekeby, semiabandonado, los caballeros continúan divirtiéndose, pero Gösta Berling no tiene ánimo para ello. Marianne continúa enferma.

Esa misma noche, Henrik Dohna recibe en Borg una carta perturbadora, enviada por el vicecónsul sueco de Ancona, quien le comunica que su pretendido enlace matrimonial en Italia no es válido según las leyes de Suecia, por lo que le envía unos documentos que deben ser cumplimentados y firmados por ambos cónyuges, en presencia de dos testigos. De ese modo, el matrimonio tendrá plena validez. Aquí podríamos recordar el deslumbrante y erudito comentario de Erwin Panofsky, publicado originalmente en 1953, a propósito de la tabla de roble de Jan van Eyck titulada El matrimonio Arnolfini, pintada en 1434 y guardada en la National Gallery de Londres. El gran historiador de Hannover nos recuerda que, antes de 1563, esto es, con anterioridad al Concilio de Trento, «dos personas podían concluir un matrimonio perfectamente válido en completa soledad. A partir de entonces la Iglesia requirió la presencia de un sacerdote y dos testigos; pero incluso hoy el sacerdote actúa no como dispensador del sacramento, como en el caso del bautismo o de la confirmación, sino simplemente como un testis qualificatus». De ahí la originalísima firma del autor, «Johannes de Eyck fuit hic», esto es, «Jan van Eyck estaba allí», así como el reflejo en el espejo del fondo de los dos testigos, que se hallan en el umbral de la puerta, uno de los cuales es el propio pintor. Es decir, que además de un doble retrato, el cuadro es también un certificado de matrimonio (Erwin Panofsky, Los primitivos flamencos, Madrid, Cátedra, 1998, págs. 202-203). Estoy convencido que Mauritz Stiller era tan sensible, exquisito, refinado y amante de la verdadera belleza como Jan van Eyck, aunque no tan culto, si bien Henrik Dohna sí que es mucho más prosaico y vulgar que Giovanni Arnolfini, el comerciante italiano sin parientes cercanos en Brujas. Continuando con nuestra historia, la carta desde Italia le llega a Henrik justo cuando tiene invitados en casa, entre ellos los padres de Marianne Sinclaire. Martha Dohna entra donde está su hijo, apremiándolo a salir y atender a los invitados, pero él le pone al corriente del contratiempo, echándoles las culpas a las negligentes e ineptas autoridades italianas. No tiene más remedio que resolver el asunto un poco más tarde. Elizabeth se muestra muy amable con Melchior Sinclaire, que continúa sin perdonar a su hija, aunque su esposa, Gustafva, lo disculpa y justifica ante Elizabeth, comentando que actúa así por orgullo, pero que quiere a su hija tanto como la quiere ella, su madre.

Entretanto, Margaretha, enfurecida y fuera de sí, con espíritu vengativo, arrastra con su verbo poderoso al populacho de Ekeby para que la acompañen y prendan fuego a la mansión. «Hoy mismo, proclama, los caballeros serán destruidos y mi vergüenza sofocada».

En la fiesta, la malévola Martha Dohna trata de humillar a Elizabeth, insinuando que se comenta que ella estaba enamorada de Gösta Berling cuando fue su preceptor.

En la siguiente escena, Gösta Berling, en Ekeby, se encamina a una habitación del palacio para visitar a la enferma Marianne, descubriendo estupefacto que tiene el rostro desfigurado por la viruela. No obstante, Gösta insiste en permanecer a su lado. Marianne le recuerda que para él siempre fue importante la belleza y que sin ella no puede vivir. Son palabras que evocan sin duda al gran poeta inglés John Keats (1795 – 1821), cuando escribía que todo lo que es belleza es verdad y que todo lo que es verdad es belleza. Marianne termina rechazándolo para no comprometerlo.

Mientras los caballeros duermen, se acerca Margaretha con una nutrida turbamulta a Ekeby. Da órdenes de que los caballeros sean atados, montados en trineos y trasladados a un lugar seguro. Presa de una venganza incontenible, como enloquecida, ordena al populacho que prenda fuego a las edificaciones. Durante bastantes segundos Mauritz Stiller vuelve a repetir la hazaña lograda en Herr Arnes Pengar (1919), cuando, desde un lugar próximo, los asistentes a una celebración ven una densa humareda saliendo a lo lejos de la vicaría de Solberga, donde vive Sir Arne con su familia. El ajetreo subsiguiente, con caballos y personas pasando literalmente delante de la cámara, entrecruzándose, corriendo en direcciones opuestas, es una de las escenas más memorables de la historia del cine, de esas que se convierten en eternas. Con poquísimos elementos, Stiller logró entonces una sensación de caos, de agitación y de movimiento, durante menos de un minuto, como no se ha conseguido nunca después ni casi con total seguridad pueda volver a obtenerse. Es innegable que esas inmarcesibles imágenes están muy presentes en el incendio de Ekeby. En el caso del incendio por los tres forajidos escoceses de la vicaría de Solberga, inmediatamente después de haber perpetrado una horrible carnicería, de la que sólo se salva Elsalill, Stiller no nos muestra la catástrofe; mostrará la casa del párroco en llamas, posteriormente, en un flashback, así como el espantoso crimen de la queridísima hermana de Elsalill, la también joven doncella Berghild, por Sir Archie, precisamente el hombre del que Elsalill llegará a enamorarse. El vil apuñalamiento será recordado más adelante por Elsalill―pues ella estaba escondida y pudo ponerse a salvo, aunque lo vio todo―, cuando ya haya empezado a cortejarla Sir Archie. Al no mostrar, en un primer momento, el horrendo crimen y el incendio de la vicaría, y pasar de la descrita escena de agitación a la de los criminales, en el atrio de la casa de Sir Arne, disponiéndose a huir con el tesoro, Stiller logra la que quizá sea la elipsis más excelsa de la historia del cine. La celebérrima de Stanley Kubrick en 2001: A Space Odyssey (1968), resulta casi fatua en comparación con la inmarcesible poesía pura que destila Mauritz Stiller en Herr Arnes Pengar. Ahora, en Gösta Berlings saga, no llega tan alto en la escena del incendio, no es un pájaro solitario como lo fue pocos años antes, pero sigue siendo un consumado maestro, capaz de crear auténtico arte, del más grande. Lo inaudito de lo obtenido en 1919 es que lo hiciese con tal economía de medios: cómo puede lograrse tanto con tan poco. Ahora dispone de más personajes, muestra visualmente el incendio desde el primer instante, pudiendo contemplar el espectador cómo Ekeby es devorado por lenguas de fuego, como una Sodoma o una Gomorra bíblica. Los personajes están asimismo atareadísimos, acercando las teas encendidas a todas las esquinas, sacando fuera y atando a los caballeros, en el gran patio de entrada, corriendo de un lado para otro, mientras Margaretha, como una Hécuba griega, no se sacia en su afán de venganza. Si no alcanza esta memorable secuencia la elevación estética anterior, es por la extrema condensación lograda en la película de 1919. Ahora la cámara de Julius Jaenzon se detiene más; todo resulta más explícito y prolijo. Pero no deja de ser sublime. Stiller ha demostrado manejar a las masas con más eficacia que los grandes cineastas soviéticos, incluido el genial Sergei Eisenstein. La modernidad de Stiller es asombrosa, portentosa. Llega en toda su plenitud hasta este canto de cisne de 1924 que es Gösta Berlings saga, rodada en 1923. El incendio de Ekeby  (del palacio sólo se había levantado una elegante fachada) tiene lugar delante de los estudios de Råsunda, construidos en una granja de avestruces abandonada, en el área metropolitana de Estocolmo. La productora Svenska Biografteatern había comprado los terrenos en febrero de 1919, siendo diseñados los nuevos estudios por el arquitecto Ebbe Crone. En diciembre de ese mismo año nace la gran productora Svensk Filmindustri, por la fusión entre la Scandia Company y la Svenska Biografteatern. Será esta gran productora, mencionada al principio en la ficha técnica, la Svensk Filmindustri, la responsable de la película de Stiller que estamos describiendo. Todavía en 1957, el gran director sueco Ingmar Bergman rodó durante treinta cinco días en los estudios de Råsunda su obra maestra El séptimo sello.

El crítico Bengt Idestam-Almquist escribe que, durante el rodaje del incendio de Ekeby, Mauritz Stiller se encontraba como «en estado hipnótico». El incendio fue rodado durante una noche y «Stiller entró en éxtasis». Dirigía la escena de masas y «gozaba del efecto como nunca había gozado antes». «El ala del castillo donde habitaban los “caballeros” había sido empapada con bencina y a lo largo de las paredes se habían pegado películas. Cuando se incendiaron, parecían verdaderas lenguas de fuego» (Cine sueco, págs. 224-225).

El incendio ha sido provocado sin que Margaretha supiese que Marianne Sinclaire está dentro, convaleciente en una de las habitaciones. De pronto, en medio de la general confusión, Gösta Berling se acuerda de ella, introduciéndose sin vacilar en el interior del edificio en llamas, con riesgo de su propia vida. Las tomas que vienen a continuación son auténticamente magistrales. Marianne logra salir de su estancia, pero la densa humareda la desorienta por entre el dédalo de aberturas, escaleras y corredores. Finalmente, se derrumba agotada en los escalones de la escalera principal. Su vida corre un peligro extremo, pues puede morir de un momento a otro por la inhalación del humo. Gösta Berling, con un arrojo y valentía admirables, sin importarle nada, la busca desesperadamente. Por fin la halla desvanecida, la coge en brazos, sortea las múltiples caídas de elementos en llamas de la fábrica, y consigue salir fuera poniéndola a salvo. El padre de Marianne estaba ya en el patio anhelante, ansioso por ver a su hija libre de peligro alguno.

Pero nos hemos adelantado. Habíamos dejado a Margaretha ir de un lado para otro, rabiosa y enloquecida, con su pesado abrigo y una tea ardiendo en una mano, dando órdenes con extrema energía y determinación. Los caballeros salen despavoridos y van siendo atados, especialmente Christian Bergh, que es introducido en un trineo, aunque posteriormente conseguirá librarse de sus ligaduras con un cuchillo. Gösta Berling colabora con noble y decidido desinterés en poner a los caballeros a salvo, despertándolos y sacándolos del interior. La chusma comienza a huir, asustada de las consecuencias de su acción irracional. Desde la casa de Martha Dohna, en la que hay numerosos huéspedes, se ven las densas sombras de humo del incendio, como desde el albergue en Herr Arnes Pengar se ve el humo de la vicaría de Solberga. Desconcierto y alarma general entre los invitados de los Dohna, entre los que están los padres de Marianne. La madre de ésta, Gustafva, le dice muy asustada a su marido que su hija está dentro. Melchior no lo sabía. Es entonces cuando reacciona como padre, cuando todo su anterior orgullo desaparece, acudiendo veloz en un trineo a salvar a su hija. Es entonces cuando Gösta Berling se acuerda de Marianne, ocurriendo la extraordinaria secuencia que acabamos de narrar.

En el exterior, suceden otros acontecimientos. Acuden nuevos lugareños, acompañados del bailío, esto es, de la máxima autoridad de la zona (una especie de alguacil con poderes policiales y jurisdiccionales, cargo que se remonta a la época medieval; también aparece una figura semejante, el rencoroso pretendiente de la rica viuda Halla, en Berg-Ejvind och hans hustru―«Berg-Ejvind y su mujer» o «Los proscritos»―, extraordinaria película de Victor Sjöström estrenada en 1918). Margaretha no se arredra y se enfrenta con decisión al bailío. Los caballeros, inexplicablemente en apariencia, aun después de lo que ella ha provocado, la defienden (en realidad están fascinados por la energía y resolución de esta mujer), pero ella no se lo agradece a sus espontáneos intercesores. Les espeta que cuando su marido la expulsó de Ekeby, no movieron un dedo en su favor. Que no se preocupen, que sabe defenderse sola. Se va del lugar. En este momento, llega Melchior preguntando por su hija Marianne. Con sus propios ojos puede ver cómo es salvada por Gösta Berling. La conduce hasta su padre, que la arropa una vez ha sido sentada en el trineo; padre e hija se abrazan completamente reconciliados. Melchior le dice con todo su cariño que nunca más la dejará. Ambos vuelven a abrazarse, pero, entonces, Marianne se levanta y le agradece a Gösta Berling lo que ha hecho por ella. El padre los mira enternecido. Marianne se despide de Gösta. La aventura entre ellos, le dice con extrema delicadeza y agradecimiento, ha terminado para siempre. Él le responde como un auténtico caballero, pero como un caballero del Medioevo, de la Edad de Oro de la caballería, durante los inolvidables siglos XII y XIII, cuando podía hablarse, como escribió Novalis en los albores del Romanticismo, de Europa o la Cristiandad: «He cumplido con mi deber; el caballero se siente dispensado». De nuevo, impresionantes imágenes de Ekeby ardiendo entero, por los cuatro costados. Marianne permanece por un momento anhelante al marcharse Gösta Berling.

La siguiente toma es en casa de Martha Dohna, para que el espectador sepa qué está sucediendo allí mientras tanto. Elizabeth se ha hecho cargo de tranquilizar a Gustafva, la madre de Marianne. La bella italiana desciende la escalera, y, por un instante, evoca en su memoria (a través de un flashback) el suceso durante el cual Henrik trató de humillarla ante Gösta Berling, y cómo éste besóle tan ardorosamente sus frágiles manos. El desasosiego de Gustafva tiene que ver también con el hecho de que teme que su marido, Melchior, intente hacerle daño a Gösta Berling, ignorante de lo que en realidad ha sucedido. Es por eso que Elizabeth se decide a ir en busca de Gösta Berling, a fin de prevenirlo. Se la ve avanzar solitaria, caminando, envuelta en su grueso abrigo negro, por la helada superficie del lago Löfven.

El flashback que acabo de mencionar, que se produce mientras Elizabeth desciende por la escalera principal de la mansión de los Dohna, me sirve para hacer una aclaración. Bengt Idestam-Almquist afirma en su ensayo (pág. 219) que cuando los Sinclaire divisan el incendio de Ekeby, se hallan en su propia casa, en Berga (este topónimo no aparece ni una sola vez en la película, aunque es fácil confundirlo con Borg, que sí es la residencia de los Dohna), teniendo como huéspedes a los Dohna. Las imágenes parecen demostrar lo contrario. Desde la secuencia en que Martha apremia a su hijo Henrik a que atienda a sus invitados y deje momentáneamente el asunto del papeleo relativo al casamiento, no parece haber habido ninguna variación de lugar en cuanto a dónde se encuentran los Sinclaire. Éstos están, indiscutiblemente, en casa de los Dohna. Además, la posición que ocupa Gustafva en lo que parece ser un sofá más que un canapé (la diferencia entre ambos muebles de asiento estriba en que en el sofá la tapicería recubre totalmente la estructura; véanse sendos términos en John Fleming y Hugh Honour, Diccionario de las artes decorativas, Madrid, Alianza, 1987, págs. 148-149 y 789), sentada junto a otras tres damas, apretada y un tanto incómoda, denota que no se trata de la dueña de la casa. Su marido, enfrente de ella, juega en una mesa a las cartas, y es atendido solícita y cariñosamente por Elizabeth de tal modo que también resulta evidente que Elizabeth, como miembro de la familia Dohna, es, asimismo, anfitriona. Pero la prueba concluyente, a mi modo de ver, es que cuando Melchior ha salido ya hacia Ekeby en busca de su hija Marianne, y vemos a Elizabeth tranquilizar y arropar a Gustafva, que intenta descansar un poco, al salir del dormitorio y dirigirse hacia la escalera, en la mediación del descenso le sobreviene el recuerdo que hemos mencionado, insertado en forma de flashback. Si comparamos ambas escaleras, la que en este momento está bajando Elizabeth y la que evoca en su imaginación al acordarse de aquella escena con Gösta Berling en que él le besa sus manos extendidas, no podemos dudar de que se trata de la misma escalera, por lo que sólo podemos deducir también que Gustafva se ha acostado en un dormitorio de la casa de los Dohna, esto es, en Borg. La apretada síntesis del argumento proporcionada por Bengt Idestam-Almquist en su ensayo, parece ser víctima aquí de una confusión, a la que tampoco hay que conceder mayor importancia. Sólo que he considerado oportuno aclarar la secuencia de los hechos según mis propias conclusiones y rectificar lo que creo es un error.

De nuevo, otra toma de Ekeby devorado lentamente por las llamas insaciables. Gösta Berling se despide de Ekeby, afirmando que se trata del fin de ese lugar legendario. Sale montado en su trineo, en cuyo respaldo observamos un hermoso dibujo. La edificación se derrumba. Maravillosa toma de Melchior conduciendo a su hija a través de la nieve, a la vez que la serena, pues le dice que su madre está a salvo en casa de los Dohna.
 
Elizabeth durante la secuencia de la persecución de los lobos

De nuevo, otra toma extraordinaria: Elizabeth, de espaldas, alejada del primer plano de la pantalla, avanza caminando por el sombrío y desierto lago helado. Es una sombra negra moviéndose en medio de la superficie blanca, atravesada de enormes manchas oscuras. El trineo de Gösta Berling la alcanza. En ese momento, el plano está perfectamente construido: ella, a la izquierda; el trineo, a la derecha, quedando justo en medio del cuadro, en el eje central, ligeramente desplazado hacia arriba. Elizabeth vuelve la cabeza y lo mira en medio de tanta soledad, lo mira arrebatada, contenida en su pasión. Gösta Berling, tan resuelto como siempre, le pregunta qué hace allí. Ella, por pudor, no le dice la verdad: estaba observando el fuego de Ekeby y los demás que la acompañaban la han dejado rezagada. Es muy difícil que un hombre de mundo y experimentado como Gösta Berling, que conoce bien a las mujeres, pueda creerse esas inocentes palabras. Le responde diciéndole que si permite que un humilde caballero la escolte hasta su casa. Ella se sienta en la parte delantera del trineo; él, detrás, conduciendo y sosteniendo las riendas del único caballo que lo arrastra. Magnífico travelling. Elizabeth comienza a inquietarse. Estamos asistiendo a una de las secuencias más extraordinarias jamás filmadas, otra secuencia que resistirá enteramente viva el paso de los siglos y de los milenios, y que será para siempre patrimonio visual universal de los hombres sensibles a la belleza. La inquietud de la condesa está justificada por el hecho de que el trineo está siendo conducido en dirección opuesta a Borg, que es adonde debe dirigirse. Pero Gösta Berling sabe que una manada de hambrientos lobos se acerca amenazadora. Como ella vuelve a insistir en que debe dar la vuelta, Gösta Berling responde con ironía desconcertante, sin dejar de mirar de un lado a otro, presintiendo el peligro inminente: « ¿Tiene miedo, dulce señora? » Vuelve a azotar con fuerza al caballo, a fin de que galope más deprisa. « ¿No es un magnífico paseo? … ¿No es tan rápido Don Juan como el viento? » (Don Juan es el caballo, pero el nombre tiene aquí un irónico doble sentido evidente) «Nadie sabe que he salido para encontrarle», le contesta Elizabeth. Maravillosos planos de la cabeza levemente agitada de Greta Garbo, cubriendo casi toda la pantalla. «Después del lago Löfven está el lago Vänern, y, más allá, el mar, y después del mar está el mundo entero», le responde Gösta Berling a la angustiada Elizabeth. Pero ella, en el fondo, no tiene miedo; se siente segura junto al hombre que ama: « ¿Cree que tengo miedo de los caprichos de un caballero loco? … ¡Soy la esposa de otro! ¡Deténgase! » Ante tanta insistencia, que incluso se traduce en intentar coger las riendas y detener el trineo, Gösta Berling le contesta por fin si no ha visto quiénes son sus perseguidores, una manada de seis o siete lobos hambrientos. Entonces ella comprende de pronto el comportamiento del caballero. Impresionantes imágenes del frágil trineo perseguido por los lobos implacables. «Puede confiar en Gösta Berling; él la llevará a su casa». Por dos veces, Elizabeth les arroja a los lobos algo con lo que entretenerlos y demorarlos, probablemente mantas o ropas de cuero. Finalmente, logran escapar sanos y salvos. La carrera ha sido frenética. Cada vez que vuelve a verse, se acrecienta la convicción de que John Ford debió estudiarla detenidamente cuando rodó la célebre persecución de la diligencia por los indios en Stagecoach («La diligencia», 1939). Los lobos, cuenta el crítico Bengt Idestam-Almquist, eran en realidad unos perros lobos, propiedad de un tal señor Svensson, director de una fábrica, a quien Greta Lovisa Gustafsson había conocido cuando trabajaba en la casa de un peluquero. Se pidieron los animales «en préstamo al señor Svensson, para que hiciesen de lobos en la pantalla. La cola de los perros fue alargada y aumentada en su peso con plomo, para que tuviesen apariencia de verdaderos lobos. Dado el peso del plomo, no pudieron agitar la cola en signo de alegría, costumbre que a los lobos les es desconocida» (Cine sueco, pág. 224). Al aproximarse a Borg, ella le dice que no es necesario que continúen juntos, que irá sola lo que queda de trayecto. Están en medio de una enorme y rectilínea alameda de árboles cubierta de un grueso manto de nieve. Él le besa las manos, mientras ella cierra los ojos con inmenso placer y escondido amor. « ¿Podrá perdonarme? », le dice Gösta Berling. «Señor Berling, siempre creí en usted y continúo creyendo», contesta Elizabeth. Magnífico plano de ella, con la cabeza y los hombros, en el centro del eje, en una composición piramidal como Jesús en la Última Cena de Leonardo. Se miran embelesados. «Vuelva a Ekeby y reconstrúyalo…Regrese y sepa que siempre lo consideraré como un hombre de verdad». Vuelven a estrecharse las manos, se aproximan el uno al otro, pero ella retira la suya y se marcha por la inmensa alameda vacía cubierta de nieve. Mientras, él la observa alejarse hacia el fondo de la profunda perspectiva. Por la mañana, Gösta contempla solo las ruinas de Ekeby.

Mansión de la condesa Martha Dohna. Madre e hijo preparan los documentos matrimoniales para la firma. Por un momento, Elizabeth duda: con una de sus manos, entrelazadas y circundadas por un iris que ocupa todo el centro de la pantalla, comienza a desprenderse del anillo de casada colocado en el dedo anular, pero no termina su acción y lo deja donde estaba. La cámara asciende lentamente hacia su cabeza, que ahora reposa entre sus manos juntas. Bellísimo plano de Elizabeth, pensativa, dubitativa, delicadamente triste al acordarse del hombre a quien ama. Entra la suegra en la estancia y le pregunta si ha sido avisada por Henrik de que tiene que firmar los documentos. El matrimonio Sinclaire aún continúa en casa de los Dohna. Maliciosamente, Martha le comenta a Elizabeth si la pasada noche ha tenido un acompañante que la ha conducido hasta su casa. Elizabeth se levanta sobresaltada. La perversa y astuta mujer continúa su farsa, asegurándole que no tema nada, que no se lo contará a nadie. En la gran sala, con una amplia mesa en el centro, donde deben firmarse los documentos, entran Elizabeth y Martha, cada una por una puerta distinta. En el interior de la habitación estaba ya Henrik, esperando intranquilo. Uno de los testigos es Gustafva Aurore Sinclaire. Ésta y Martha se sientan, frente a frente, en los extremos de la mesa. Elizabeth, ajena a todo lo que está sucediendo, permanece de pie, junto a Henrik, ambos detrás de la mesa, él en el centro y ella a la derecha del cuadro. Henrik manifiesta que se precisa un segundo testigo. Elige al fiel mayordomo, Andersson. En cuanto a Gustafva, es testigo como pariente más próximo. Cuando ya ha sido llamado el mayordomo, y después de que Henrik culpase de mentirosas y negligentes a las autoridades  burocráticas italianas, que han permitido por tanto tiempo que se mantuviese una situación irregular entre los esposos, firma el documento. Pero al entregarle la pluma a Elizabeth para que, a su vez, firme el pliego, se levanta inesperadamente Martha e inquiere con hipócrita y malicioso semblante si no sería conveniente preguntarle a Elizabeth si desea continuar con la formalidad del casamiento. Gustafva Sinclaire se queda perpleja; Henrik, con su cara de bobo, como alelado, está claro que no se entera de nada. Martha Dohna vuelve a insistir: « ¿Te acusa tu corazón de pecar, Elizabeth? » En esto llega el mayordomo, pero Henrik le ordena que abandone inmediatamente la habitación, a lo que Andersson responde con una profunda inclinación y retirándose. Gustafva se levanta y se acerca hacia Elizabeth, en actitud protectora. Gustafva le pregunta desafiante a Martha que qué es lo que está maquinando. Sea lo que sea, en cuanto esté de su parte, tratará de impedirlo. Besa a su protegida, que le dice que no se preocupe: «No, no; es cierto. Soy una esposa inestable…Mi corazón es de otro». Martha lanza una despreciativa mirada de triunfo. Henrik permanece desconcertado. Elizabeth se arroja a sus pies, diciéndole que se merece ser castigada y reprendida. Se advierte la incomodidad del cobarde varón, que agita ridículamente las piernas, advirtiéndole que es un noble y que ella debe comportarse de una manera apropiada. Martha aprovecha para decirle a su hijo que una mujer como Elizabeth no merece llevar el apellido de los Dohna. El hijo asiente como un pelele a lo que le dice su malévola madre, que continúa tratando sin consideración ninguna y con abierto desprecio a Elizabeth, quien aún pretende ingenuamente hacerse perdonar. Gustafva, enfurecida ante tanta humillación, llama idiota a Henrik. De nuevo se dirige hacia donde está Elizabeth, la consuela y se encara con Martha, asegurándole que Elizabeth siempre tendrá un lugar en su casa, pues no ha cometido mal alguno. En ese momento, Gustafva, a la que hemos creído una mujer débil delante de su marido Melchior, muy dignamente, con determinación, le recuerda a Martha sus pasados pecados, su anterior vida depravada. Ya quisiera haber sido tan inocente como lo es Elizabeth. « ¿Es que no te conozco bien, hipócrita depravada? » Martha se agita enfurecida y llena de ira. « ¿Cómo te atreves―continúa Gustafva―a juzgar a una joven inocente? ¡Y tú, imbécil―le espeta a Henrik―, pregúntale a tu madre quién fue tu padre! ¡Vamos, échala―sigue diciéndole a Martha―; yo la protegeré!» Gustafva se ha armado de valor, hasta tiene que limpiarse con la mano alguna lágrima de indignación por lo que le han hecho a la muchacha, pero se ha despachado a gusto. Cogiendo suavemente a Elizabeth, no duda en manifestarle: «Melchior te mimará como si fueses su propia hija». Madre e hijo continúan discutiendo. La dominante y maquiavélica Martha insiste en decirle que no olvide que es un Dohna y que las otras dos son unas completas estúpidas.

Elizabeth, leemos en un rótulo, afrontó su penitencia con igual determinación que Margaretha Celsing antes que ella.

La acción se traslada a una habitación donde está sola Margaretha. Entra un sirviente, comunicándole que tiene un mensaje para ella; su marido, el Comandante Samzelius, acaba de morir.

Llega la primavera. Estamos en casa de los Sinclaire, en el bello y frondoso jardín. Ambos esposos, Gustafva y Melchior, cogen algunas flores. También está Elizabeth, un tanto alejada, quien se dirige sola hacia un banco, con ánimo entristecido, donde se sienta. Gustafva se acerca y se sienta junto a ella, comentándole que la primavera abre la esperanza en nuestros corazones. «Pero no en ella», le responde Elizabeth.

Ekeby recibe la llegada de la primavera completamente reconstruido, con Gösta Berling celebrándolo encima del tejado, delante de una muchedumbre.

Elizabeth ha decidido partir y enfrentarse sola al destino. Se despide de quienes tan generosa y cariñosamente la han acogido. Especialmente conmovedora es la despedida entre Elizabeth y Marianne, pues durante el tiempo que han estado tan juntas se han hecho verdaderas amigas.
 
Elizabeth, junto a Margaretha Celsing, gira la cabeza en Broby Inn hacia donde está Gösta Berling

Ekeby se prepara de nuevo para recibir de nuevo a su amada señora, Margaretha, quien ha hecho una parada en la posada de Broby Inn. Gösta Berling se brinda para ir a recogerla, partiendo veloz en su cabalgadura. Estando Margaretha esperando la llegada de Gösta, de improviso se detiene en la misma posada el carruaje que traslada a Elizabeth, con el fin de cambiar el cochero los cansados caballos. Entra en la posada, y se sorprende de encontrarse allí a Margaretha, pero ésta la invita amablemente a acercarse; no tiene nada que temer. Le pregunta por Henrik, ignorante como está de la ruptura matrimonial. Al enterarse por Elizabeth de lo sucedido, le contesta que cómo podría haberse casado con un estúpido como Henrik Dohna. Elizabeth le confiesa la verdad; su amor por Gösta Berling. Éste entra en ese momento, pero Elizabeth no lo ve, pues está de espaldas a la puerta. Sin saber que él la está viendo y escuchando, Elizabeth manifiesta a Margaretha el amor que siente por Gösta Berling. Desde aquel día en la escalera, continúa, todo ha sido sufrimiento y dolor. En ese instante Margaretha se percata de la presencia del apuesto caballero, quien hace un amago de salir, pero Margaretha, rápidamente y sin que Elizabeth pueda darse cuenta, le hace una señal para que no se vaya. Es entonces cuando Margaretha, muy inteligentemente, le dice a Elizabeth, en tono de afirmación: «Pero, usted, no odia a Gösta Berling, sino que lo ama». «Dígaselo a él», vuelve a decirle, mientras hace que dirija su rostro hacia el noble y valiente caballero. Los enamorados se miran fijamente, embelesados; ella aún está sumida en la más completa incredulidad. Gösta, entonces, como es habitual en su carácter, se presenta como un caballero sin honor, sin honra. Elizabeth continúa contemplándolo, crecientemente arrobada por la intensa pasión. Indescriptible belleza de su semblante, una de las imágenes imperecederas que quedarán para siempre de esta actriz inigualable, moldeada aquí con la arcilla de Mauritz Stiller, convertido en demiurgo de una diosa adorable. Cuando Gösta Berling le dice que ninguna mujer arriesgaría su amor por salvar el alma de un hombre como él, ella se levanta, alarga los brazos hacia él, acercándose, y le susurra que ella sí quiere ser esa mujer.
 
Elizabeth se acerca en la posada de Broby Inn a Gösta Berling declarándole su amor

De nuevo Ekeby, engalanado con guirnaldas de flores y banderolas, lleno de gente, con Margaretha, Gösta Berling y Elizabeth. Uno de los caballeros anuncia el regreso de la antigua señora a un espléndido Ekeby, renacido de sus cenizas, cual un ave fénix. Margaretha toma la palabra, dirigiéndose a la multitud: «Ninguna vieja señora debería dirigir la nueva Ekeby…La juventud y el amor siempre han reinado en este lugar». Llama a Gösta Berling, quien se coloca a su izquierda, mientras que Elizabeth lo hace a su derecha. Así, juntos los tres, Margaretha exclama: «Gösta Berling, hombre de muchos méritos, a ti te entrego Ekeby». Y posando su mano en el hombro de Elizabeth: «Con una buena mujer a su lado, cuidará de mi casa y de mi gente…Tú mantendrás vivo mi trabajo». El caballero Christian Bergh, eufórico, exclama: « ¡Larga vida a nuestra querida señora! ¡Como ella no hay otra igual! » Mientras Margaretha abraza a ambos enamorados, todos los presentes vitorean al trío.
 

Enrique Castaños, Málaga, 28 de febrero de 2015.

 

 

 

lunes, 23 de febrero de 2015

Artículo nº 53 / Johan (À travers les rapides), de Mauritz Stiller (1921). Sinopsis y comentario por Enrique Castaños.




Johan (en francés: À travers les rapides), de Mauritz Stiller (1921).

 
© SINOPSIS Y COMENTARIO POR ENRIQUE CASTAÑOS.

 
Producción: Svensk Filmindustri.

Puesta en escena: Mauritz Stiller y Arthur Nordeen.

Basada en la novela Juha (1911), de Juhani Aho (escritor finlandés, cuyo verdadero nombre era Johannes Brofeldt, 1861 – 1921).

Fotografía: Henrik Jaenzon.

Decorados: Axel Esbensen.

84 m. Muda. B/N.


Reparto: 

Johan: Mathias Taube (Lindesberg, Suecia, 1876 – Estocolmo, 1934).

Marit: Jenny Hasselqvist (Estocolmo, 1894 – 1978).

El forastero: Urho Somersalmi (Helsinki, 1888 – 1962).

La madre de Johan: Hildegard Harring (nacida en 1871).

Magd o Maid, la criada del hogar de Johan y Marit: Lilly Berg.

El viejo pescador: Nils Fredrik Widegren (nacido hacia 1836 en Suecia).

La película, una copia muy aceptable y en versión original, puede verse en vk.com (hay que registrarse, teniendo la precaución de hacerlo en español, indicado al final de la página; una vez registrado, en la sección «Mis vídeos», se introduce en la barra de búsqueda sólo esto: johan 1921, teniendo la precaución de comprobar que el vídeo ha sido subido por la aficionada Maria Popovich (duración: 1:24:48, es decir, 84 minutos y 48 segundos).

Ver el magnífico artículo de Fernando Usón Forniés (10 junio 2011), bien es cierto que dedicado sobre todo a la otra gran obra maestra absoluta de Mauritz Stiller, Herr Arnes Pengar (1919): http://shangrilaedicionesblog.blogspot.com.es/2011/06/coordinadores-mariel-manrique-hernan.html

Una buena copia en versión original, subtitulada en español, de Herr Arnes Pengar, está disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=nwOKKFadp0E

Ver también:
*http://www.kosmorama.org/Artikler/Figures-in-Landscapes.aspx
*http://www.divxclasico.com/foro/viewtopic.php?t=39930&p=890471
*http://ferdinandvongalitzien.blogspot.com.es/search/label/Stiller%20Mauritz

Inexplicablemente, el importante ensayo del crítico sueco Bengt Idestam-Almquist (Turku, Finlandia, 1895 – Enskededalen, Suecia, 1983), titulado Cine sueco. Drama y Renacimiento (Buenos Aires, Losange, 1958; traducción de la edición italiana de Alberto Óscar Blasi), no dice nada de esta indiscutible obra maestra; ni siquiera la nombra. Tendría que haberlo hecho en el capítulo 10 (págs. 155-172 de la edición en español), titulado «Stiller en su apogeo». Es posible―tomo el dato de la Stockholms Stadsbibliotek―que el libro sea el que se editó originalmente en Estocolmo en 1952, con una introducción de Victor Sjöström, con el título Classics of the Swedish cinemathe Stiller & Sjöström period (una prueba podría ser que, al referirse el mencionado crítico al filme Herr Arnes Pengar, de 1919, dice en la página 167 que fue «realizado hace treinta y cuatro años»). Otro libro anterior muy destacado de este crítico (¿o se trata de la primera versión del mismo ensayo?) es el que se editó en Estocolmo en 1939, con el título Svenska filmens drama – Sjöström och Stiller. Al no ser la edición española una traducción directa del original, se aprecian numerosos errores sintácticos y gramaticales.
 
En cuanto a lo que dice de la película Johan el historiador italiano Roberto Paolella en su Historia del cine mudo (Buenos Aires, Eudeba, 1967, pág. 287; edición original: Storia del cinema muto, Nápoles, Giannini, 1956), es muy poco y casi irrelevante.

 

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Sinopsis argumental y comentario de Enrique Castaños.


*Acto I / Plano general en el que se ve llegar en su barca, al lugar donde transcurrirá la acción, al forastero, acompañado de varias barcas de más trabajadores temporales. Él es el único que viaja solo, manejando con destreza la embarcación, que avanza a través de la corriente rápida de un río.

A continuación, una toma, interrumpida por un rótulo, del paisaje en calma de la región, en la que los recién llegados se dedicarán a cortar árboles y abrir nuevas canalizaciones del río rompiendo los diques de arena y piedra mediante explosivos. Al paisaje en calma, se le contrapondrán inmediatamente después las aguas rápidas y turbulentas del río, del que se deduce que crece con el deshielo primaveral (la película comprende un periodo de tiempo en el que se suceden varias estaciones).

Toma general en donde se ve la llegada a tierra de los trabajadores. El forastero, un hombretón joven, vestido con jersey, ataviado con un sombrero y botas de cuero y llevando una pequeña mochila en la espalda, desde el primer instante nos produce una impresión de fatuidad, de superficialidad, de encontrarse pagado de sí mismo y creerse un galán de éxito. Su primera acción es dirigirse a un grupo de tres jóvenes y coger a una en alto, como queriendo impresionar a las muchachas, aunque se advierte la rudeza de sus gestos y movimientos, así como una mirada torcida, no limpia. El retrato psicológico ha sido hecho por Stiller, en breves segundos, de manera magistral. Quien sí lo ha observado todo a una cierta distancia es otra muchacha del lugar, Marit. Se la ve mover sus manos juntas de manera nerviosa, como anhelante. Está claro que estamos ante una joven ansiosa de encontrar novio y casarse. Las dudas y contradicciones, los titubeos e incoherencias de su comportamiento durante el relato, ya las presentimos sólo con esta momentánea aproximación. En la siguiente toma, uno de los trabajadores recién llegados, un rudo hombre con bigote, se acerca a ella intentando galantearla, pero Marit se aparta instintivamente de sus brazos, con evidente desagrado, pues ya ha podido ver el porte del forastero cuando ha levantado a una de las jóvenes, quedándose imprecisamente prendada e incluso un tanto impresionada; de ahí el nerviosismo de sus manos moviéndose. Marit se dirige rápido al grupo donde está Johan, el hombre en cuya casa vive, quien le ofrece absoluta seguridad.

En la siguiente toma vemos a los trabajadores salir de la amplia cabaña de madera donde se alojan, junto a la casa donde viven Johan, su madre y Marit. Todavía en el porche, ya coquetean los hombres con una criada, actitud que no gusta nada a la madre de Johan, quien se ocupa de coordinar, como dueña―junto con su hijo―de la próspera granja y de sus varias dependencias, las tareas de atender a los trabajadores foráneos. La toma sirve para un primer contacto con el carácter de la madre de Johan, una mujer nada simpática, gruñona, demasiado estricta. Los trabajadores se lo toman a chanza y se ríen del semblante de disgusto de la campesina.

En la siguiente toma vemos a Marit salir de un cobertizo, ocupada en sus faenas diarias. De nuevo, el mismo hombre con bigote que intentó abrazarla, le lanza piropos desde lejos, que claramente desagradan a la muchacha. Entonces, viendo lo que ocurre, el forastero se acerca despacio, presuntuoso, hacia el bigotudo, lo coge del brazo y lo arroja con fuerza hacia el grupo de sus compañeros. En el siguiente plano, vemos la satisfacción que el hecho ha producido en Marit, quien una vez que los hombres desaparecen por un lateral de la dependencia, se aproxima a la esquina, asomándose cautelosamente, con el fin de ver alejarse a su inesperado protector. Pero éste se ha rezagado para coger una flor silvestre. En el momento en que retrocede para volver a donde está Marit, ésta oculta rápidamente la cabeza, pero el forastero se ha percatado de que lo estaba espiando. Dobla el forastero la esquina de la casa e inicia un galanteo con la muchacha. Al principio ella se resiste, pero siempre manteniendo una cierta ambigüedad, un ligero coqueteo; al fin accede a acercarle la mano para que él lea las líneas de su palma. Durante toda la escena del flirteo, percibimos la mirada innoble del galán, sus intenciones prosaicas y vulgares, esto es, sólo sexuales (aquí se adelanta ocho años Stiller a Tagebuch einer VerlorenenTres páginas de un diario—, de Georg Wilhelm Pabst, realizada en 1929, cuando Fritz Rasp rezuma deseo lujurioso ante Louise Brooks, bien es cierto que mucho más repugnante que el que ahora muestra nuestro forastero).

 

La siguiente toma se inicia con un plano general de los trabajadores ocupados en cortar leña y remover tierra próxima al río. A la derecha del encuadre está el forastero, y es por ahí, desde el fondo, por donde vemos acercarse a Marit con una gran canasta al hombro que contiene comida para los obreros. El forastero la detiene, juega con ella con rudeza, pero a Marit no parecen agradarle las formas del seductor, alejándose con presteza. Otra vez un plano general de los hombres apiñados colocando una carga explosiva en un pequeño dique de tierra que, al ceder, abrirá un gran brazo de agua. Con el encendido de la mecha, la concurrencia se desparrama, momento que aprovecha el forastero para acercarse de nuevo a Marit, atraerla hacia sí y darle un fugaz beso en la boca. La inmediata respuesta de ella es una bofetada en la mejilla del descarado. Se aleja a paso rápido, hacia el fondo del cuadro, pero él la saluda alegremente, como si no hubiese ocurrido nada. El forastero se monta en su barca, pues será él quien inaugure con su incursión ese nuevo brazo de agua. Espléndido plano medio de Marit, fugacísimo. Plano general del forastero en la embarcación, a través del pequeño torrente, aproximándose en pendiente hacia donde se halla el espectador.

*Acto II / El forastero continúa desplazándose por la impetuosa torrentera. Magnífico plano del interior de la casa de Johan, en la amplia cocina. La madre está ocupada en la comida, mientras que Marit limpia concienzudamente, de rodillas y con estropajo, el suelo. La dueña de la casa, a pesar de que vemos el afán de Marit por hacer bien su trabajo, tiene palabras desagradables para con ella, en el sentido de que debe esforzarse más aún. Esta escena nos permite comprender el carácter autoritario y dominante de la madre de Johan, así como el papel de criada de Marit, a pesar de que muy pronto descubriremos que no debería ser así. A esa función servil la ha conducido la madre de Johan, no éste, que es un hombre sereno y bondadoso. En la siguiente toma, podemos ver a Johan, en la orilla opuesta del ancho río, ocupado en arrojar troncos cortados desde lo alto de un terraplén. Al dejar de pisar tierra firme y colocarse en la inclinada pendiente, pierde el equilibrio, resbala con fuerza y cae al suelo (todavía no lo vemos derribado en el suelo, ni tampoco inconsciente). De nuevo la cocina. La madre de Johan continúa de pie preparando la comida, mientras que Marit está sentada junto a ella en una silla batiendo algo. La madre mira a través de la ventana, observa la humareda a lo lejos, justo en el sitio donde está su hijo, pero se extraña de su tardanza; de manera áspera ordena a Marit que vaya a avisarle. Ésta se monta en una barca, rema con energía y se aproxima a la orilla donde yace tendido el cuerpo magullado de Johan, que todavía está inconsciente. Antes de llegar, ya lo divisa Marit desde la barca. Corre hacia él sobresaltada, le incorpora suavemente la cabeza y al instante recobra Johan el sentido, aunque todavía un tanto aturdido. Una pierna está doblada de manera que podría habérsela fracturado. Marit le ayuda a levantarlo, a pesar de que es un hombre corpulento. Él pasa el brazo por el cuello de ella y se dirigen hacia la barca. Esta escena nos ha permitido comprobar por vez primera que Johan, que puede rondar los cuarenta años, incluso cuarenta y pocos, es un hombre fornido, pero ya un poco gastado por la dureza del trabajo. Observamos el contraste de edad entre él y Marit, así como nos percatamos también de ese contraste entre Johan y el forastero. La sensación del espectador ante la pérdida de la juventud corporal de Johan, no dejará de acompañarle durante todo el resto del filme. Sus movimientos serán trabajosos, incluso torpes a veces.

Se produce una pequeña elipsis, puesto que la siguiente toma tiene lugar en el dormitorio de Johan, en el piso de arriba de la casa, con él convaleciente de su caída, en la cama, junto a una ventana que da a la entrada principal, siendo atendido por Marit. Cuando ella ha terminado y se dispone a salir de la habitación, cuya puerta está cerrada, él la llama delicadamente, para que se aproxime. Es entonces cuando, estando ella de pie junto a Johan, éste le coge la mano con suavidad y ternura, diciéndole unas palabras que denotan que siente por ella más que afecto. Marit mira hacia lugares indeterminados, pudorosamente avergonzada, aunque sabe que las intenciones de Johan son sinceras y honestas (en esta breve escena, mientras le tiene cogida la mano y le habla, percibimos el inmenso contraste de la actitud de Johan con Marit respecto de la del forastero; la integridad, la sencillez, la honestidad y la nobleza, frente a la vulgaridad, la fanfarronería y la fatuidad vacua). Toda la toma ha servido también para que podamos apreciar la delicadeza con la que la cámara de Henrik Jaenzon nos muestra los muebles y objetos del dormitorio, incluidas las escopetas colgadas en la pared. Estando aún en esa posición, se abre inesperadamente la puerta y entra la madre de Johan, quien dirige una autoritaria y áspera mirada de injusta desaprobación a la muchacha, a quien considera culpable de querer seducir a su hijo. A partir de aquí se manifiesta para el espectador, abiertamente, el carácter posesivo, además de dominante, del amor de esta madre por su hijo. Marit permanece poquísimos segundos con la mano aún cogida, pero su miedo, azoramiento y nerviosismo aumentan; se desprende, y, ante una mirada de desprecio de la señora, sale de la habitación. La madre se sienta junto a su hijo, reprendiendo su comportamiento, pero éste, que es un hombre sencillo aunque de firmes convicciones y más maduro de lo que pueda uno imaginarse al principio, le responde que está equivocada, además de que su actitud es improcedente e injusta. Es entonces cuando Stiller introduce un maravilloso flashback, sumamente esclarecedor, ya que Johan le recuerda a su madre la procedencia de Marit y las obligaciones que debería tener con ella, a la que, en vez de tratar como una hija adoptiva, ha tratado siempre como una criada. El flashback le permite al realizador retrotraer la acción dieciocho años atrás, cuando, un frío día de invierno en que madre (ya estaba viuda) e hijo salen de la casa y se montan en un trineo tirado por un caballo, a escasos metros todavía de la vivienda, perciben desde lejos una persona moviéndose muy trabajosamente, casi hundida en un agujero en medio de la nieve. Johan, que es quien conduce, detiene el trineo, aproxima la antorcha encendida, y comprueba que se trata de un hombre moribundo, quien expirará en ese mismo instante delante de sus propios ojos. Se baja del trineo y certifica, en efecto, el fallecimiento del desconocido. Pero junto al hombre muerto, muy bien envuelto, hay un bulto pequeño que se mueve ligeramente (probablemente esté llorando también). Johan lo coge con cuidado, le destapa la cara y comprueba que se trata de un bebé. Sube con él al trineo y se lo entrega a su madre. Aquí termina el flashback. Es decir, que Marit es una huérfana que fue acogida hace dieciocho años por Johan y por su madre, pero ésta, en vez de haberla tratado como si fuese su propia hija, la hija que precisamente no tenía, se ha comportado con ella áspera y desapaciblemente, tratándola como una sirvienta cualquiera. No así Johan. Es verdad que si Marit se hubiese criado como una verdadera hija adoptiva, Johan la hubiese muy probablemente terminado considerando como una hermana pequeña, o incluso como casi su hija. Pero la actitud de la madre lo ha impedido por completo. Por eso, ahora que Marit es una apuesta muchacha de dieciocho años, muy bien formada, ni fea ni guapa, aunque sí de muy buen ver, aunque sólo sea por su juventud, además de ser una moza hacendosa y limpia, Johan se ha fijado por vez primera en ella con otros ojos, deseándola como esposa y madre de sus hijos. No hay el más mínimo asomo lúbrico en sus intenciones; todo lo contrario. Él es un campesino, un granjero, leñador y pescador al mismo tiempo, pero posee una delicadeza innata, una bondad natural, una educación consustancial, incluso ausencia de malicia, cierta noble ingenuidad, aunque, como tendremos ocasión de verificar, ni mucho menos es tonto; antes al contrario, reflexiona interiormente con atinado juicio, es observador, quizás un poco retardado, pero por prudencia y falta de precipitación, sabiendo extraer las conclusiones oportunas de los hechos. Después de haber escuchado el breve relato recordatorio de su hijo, la madre se queda pensativa, aunque enseguida podremos certificar que no le ha hecho la más mínima mella. En efecto, en la siguiente toma, vemos a la dueña de la casa ordenando a Marit que recoja sus cosas y se marche. Ella lo hace sin rechistar, sin tan siquiera despedirse de Johan. La vemos introducir algunas ropas en una pequeña valija y disponerse a subir a una calesa acompañada de un empleado de la granja. Cuando están a punto de partir, Johan escucha ruido abajo, se asoma por la ventana y contempla con gran disgusto y desaprobación la acción que tiene lugar. Intenta desesperadamente abrir la ventana, estira todo lo que puede su brazo (magnífico plano abstracto del cierre elevado de la ventana), pero al no conseguirlo, rompe con el codo un cristal y llama a gritos a Marit, ordenando al cochero que se detenga. El carruaje ya había echado a andar. Retrocede el cochero, y Marit, turbada y casi incrédula, procede a bajarse. Pero la madre de Johan, que ha oído los gritos de su hijo, entra en el dormitorio tratando de impedir la decisión de Johan, conminando a la muchacha que continúe su camino y se aleje de la granja. Marit está más turbada que antes; de pie ante la calesa no sabe qué hacer. Ante la determinación de Johan, que no ceja en volverla a llamar, ella entra en la casa. Al traspasar, temerosa, el umbral de la puerta del dormitorio, la madre de Johan le agarra los brazos y la lanza contra el lecho de su hijo, como si fuese una cualquiera, abandonando la habitación con semblante adusto y muy contrariado, cerrando la puerta tras ella.

En la siguiente toma, después de una elipsis, vemos ya el interior del hogar de Johan y Marit, que se han casado. Ella está junto a la ventana, pero se la nota alejada, soñadora, sin afanarse en las tareas propias del hogar, con la cabeza en otra cosa. Ve a través de los cristales que llega el marido de pescar, y parece sentirse ligeramente contrariada. Cuando aún él todavía no ha entrado en la casa, ella se sienta pensativa en una silla, y, por un instante, mediante un cortísimo flashback, averiguamos que de quien se acuerda es del seductor, pues el pasado que rememora su mente es cuando el forastero le leyó los surcos de la palma de la mano. Pero, nada más evocar ese recuerdo, durante el cual le ha resplandecido el rostro, se lleva la mano a la frente y agacha un poco la cabeza, consciente de que su pensamiento no está bien, no es moralmente correcto. El marido entra en la estancia, cansado, y al pronto se da cuenta que algo le ocurre a su esposa; se acerca cariñosamente, sin empalago, a fin de interesarse, pero, cuando hace un amago de abrazarla, ella se escabulle con el pretexto de que le duele la cabeza. Johan parece barruntar que se trata de una excusa, pues el espectador empieza a confirmar que esa debe ser la actitud corriente de ella: rehuir a su esposo, estar con él lo imprescindible para cumplir con sus deberes conyugales. Pero no parece haber verdadero amor. Él sí la quiere y la trata con respeto y cariño, siempre, eso sí, sin sobreactuación, pues es un hombre sobrio en todo. Ante todo, la respeta. Marit se ha casado porque él se lo ha pedido, porque deseaba estar junto a un hombre, pero resulta evidente que Johan no parece colmar sus sueños. No obstante, ella se debatirá en una lucha interior, y la prueba de que su fondo es noble, es que, a pesar de su corta aventura posterior, volverá con su esposo, arrepentida y queriéndolo de verdad, una vez haya comprobado quién es en el fondo Johan. Pero todavía, durante los primeros meses de su matrimonio, sus falsos anhelos, el estar junto a un hombre que la dobla en edad, sus ensoñaciones con el seductor incansable, la mantienen en una situación inestable, dubitativa, lo que no impide que Johan siga siendo el que es: comprensible, bondadoso, trabajador, honesto, educado y enamorado de su joven esposa. Al escabullirse de él, se encierra en otra habitación (en la que de nuevo podemos desparramar la mirada por los enseres, muebles y objetos) y echa la llave. Johan, apenado, pero entero, intuyendo borrosamente la verdad, se acerca, intenta abrir la puerta, pero, viendo que ha cerrado con llave, no insiste; respeta la intimidad y los sentimientos de sus joven esposa. Se aleja turbado, reflexivo, apesadumbrado, entristecido.

 

En la siguiente toma, observamos a Marit negligente en su casa. Debe ser ella la que lleve la comida a Johan, que está cortando leña a unos cientos de metros, pero prefiere que sea Magd, la criada (la actriz Lilly Berg), quien se la haga llegar. En la siguiente toma, Magd avanza desde el fondo, mientras Johan pronto dáse cuenta que no es su mujer la que acude; esto le preocupa y le entristece, según refleja su rostro. Deja la faena, y, mientras Magd se sienta, él, de pie, almuerza con desgana evidente.

*III Acto / Preciosa toma con un plano general delimitado por el cercado de las vacas, dentro del cual, al aire libre, está Marit ordeñando a una de ellas. Llega el forastero por la derecha del cuadro. Se detiene en el cercado de madera, una barrera para los animales, pero que aquí ofrece también una connotación simbólica: es un obstáculo que lo separa de Marit, y que no debería traspasar. No obstante, levanta una tras otra sus fornidas piernas y atraviesa la valla, aproximándose ufano a Marit. Ella ya estaba de pie, con un cántaro de leche en cada mano; a instancias del seductor, deja en el suelo el pesado cántaro que llevaba en su mano derecha, y se la estrecha al hombre. Parece un simple gesto de amistad. Como tales viejos amigos, entran en la casa. Suben los peldaños de madera, ella delante y él detrás. Cuando están junto al umbral de la puerta, la criada, al fondo, gira la cabeza y ve cómo se introducen en la vivienda, primero Marit, y, después, el forastero, ambos de cuerpo entero. Ha sido un sublime ejemplo de profundidad de campo. Entran y se ponen a hablar; pero eso no lo sabemos hasta que no llega a la casa Johan, quien, ya desde afuera, nota que hay alguien extraño dentro. Ha podido verlo asomándose fugazmente a una ventana. También es posible que haya escuchado risas o una conversación alegre. Ya dentro, abre una puerta completamente cerrada y se los encuentra conversando muy animados. Marit está sentada a la izquierda del cuadro (a la derecha del galán), y, por fortuna, tiene los brazos cruzados. No hay ninguna señal que denote infidelidad. Marit se levanta contenta, le presenta el invitado al marido y cierra la puerta. El forastero se queda para almorzar. Ya el saludo es abrupto, pues el seductor choca la mano de Johan con demasiada fuerza, con un golpetón brusco. Johan se muestra tranquilo y confiado; sin embargo, percibimos perturbadores nubarrones en la atmósfera psicológica alrededor del trío. No ha ocurrido nada, pero la manera de moverse del forastero, su desagradable sonrisa, su fatuidad, su aparente seguridad falsa y vacía, nos incomodan. No debemos presuponer, como dije antes, ingenuidad absoluta en Johan. Insisto: no sólo no es tonto, sino que posee una aguda psicología para conocer a los demás, especialmente aquellos cuyas intenciones son aviesas. Todo transcurre con una sutileza, de manera tan imperceptible, que el espectador no puede asegurar lo que pasa por el ánimo de Johan; yo estoy seguro que su subconsciente, un proceso en segundo plano de su mente está ya funcionando a pleno rendimiento. Pero quiere y respeta mucho a su esposa para dejarse llevar por un impulso imprudente, infundado, exagerado o meramente subjetivo. Los acontecimientos se desarrollarán de tal modo, que el forastero dejará al descubierto, más que otras veces, cuáles son sus intenciones y de qué modo menosprecia y minusvalora a Johan: craso error, como tendremos ocasión de corroborar al final. Hasta la manera de sentarse a la mesa del forastero produce rechazo y desagrado. Cuando los dos hombres están ya sentados, pues Marit aún debe traer algunas cosas, el forastero, con una risita estúpida de engañamaridos, extrae de su mochila una botella de licor o de aguardiente. Le escancia en un vaso a Johan, quien, con un gesto rapidísimo y muy difícil de percibir, le indica con la mano que basta, que no llene más el vaso. Es otro gesto que define perfectamente a Johan; aparentemente le sigue el juego al fanfarrón, pero sabe muy bien dónde están los límites. Mucho más importante es la acción de ponerle un poco de licor a Marit; tres veces tiene que escanciar el forastero, pues Marit, en una estupenda interpretación, lo detiene otras tantas, riéndose, entre azorada y feliz a la vez, de romper su costumbre. Alguna mirada furtiva se le escapa hacia Johan, que no pone ningún reparo. Marit bebe un pequeño sorbo, y, naturalmente, casi lo escupe fuera. Esto provoca la risa de los dos hombres, pero mientras que Johan se ha reído sin malicia, satisfecho de que su esposa, como era de esperar, no sintiera atracción por esa bebida, el seductor se ríe como quien se considera por encima de las mujeres: mientras que él está acostumbrado a beber sin que su cuerpo lo acuse, la pobre muchacha no es capaz de digerir esa pequeña cantidad de licor. ¡Cosas de mujeres! Esto es lo que piensa el seductor y lo que delata su desagradable alegría. Pero lo peor está por llegar todavía. A renglón seguido, no sin antes hacer un gesto con el semblante y con los ojos que lo define integralmente (¡qué listo soy!; ¡cómo estoy engañando a este pobre campesino en sus propias narices!), extrae de su mochila un regalo para ella, un diminuto chal, un pañuelo grande con un dibujo a cuadros. Marit mira a su esposo, anhelante, para saber si debe aceptarlo; Johan mueve afirmativamente la cabeza, y, sin solución de continuidad, el forastero le arroja el chal a Marit a la cara. Es un gesto grosero, pues además lo ha efectuado con una indolente displicencia de aparente seguridad. Johan observa. El galán se levanta y se coloca detrás de Marit, que continúa en pie, para ajustarle el chal sobre los hombros. Aprovecha para restregar lúbricamente sus manos por los pechos de ella. Es un segundo, pero un segundo en el que Stiller concentra una carga de profundidad extraordinaria de grosería y descaro. Johan parece seguir imperturbable; es más, continúa sonriendo, pues su mujer está contenta. Su asombroso autodominio, su educación, su confianza en la nobleza del ser humano, lo mantienen en ese estado. Pero, contra todo pronóstico, de pronto, con absoluta naturalidad y normalidad, le dice al forastero que no puede aceptar el regalo, que es su deseo entregarle unas monedas, las que haya costado la pañoleta. Se levanta y se dirige hacia atrás, donde guarda su monedero. Durante un segundo, mientras cuenta las monedas, lanza una brevísima mirada de soslayo a la pareja, una mirada que no tiene por qué intranquilizarnos, pero lo cierto es que la pareja está coqueteando delante de su cara. No se da por enterado (aquí vendría a pelo decir que se hace el sueco). Pero ya veremos que su cerebro no deja de procesar nada de lo que ocurre. Se dirige hacia el forastero: éste, a la izquierda del cuadro, Johan a la derecha y Marit se aparta, saliendo fuera de campo, acercándose hacia adelante, a la chimenea. Johan extiende la palma con las monedas, para que el seductor las coja, pero éste, brusca y groseramente, le da un manotazo por abajo a la mano de Johan, de abajo hacia arriba, que hace que las monedas salten hacia lo alto y caigan al suelo. Al vuelo ha cogido una, llevándosela a los labios y besándola. El gesto significa también: con esto es suficiente, no quiero tu dinero. Ese gesto, la actitud entera, han sorprendido momentáneamente a Johan, quien pasa de la perplejidad al desagrado en menos de un segundo. Mientras tanto, Marit ha encendido una lamparita colocada encima de la repisa de la chimenea. Johan se agacha para recoger las monedas, una a una. Plano extraordinario: Johan en medio, agachado; Marit a la izquierda, avanzando lentamente hacia adelante; el forastero a la derecha. Cuando aún no se ha levantado Johan, Marit y el seductor se dirigen una mirada furtiva, muy rápida, pero que en el caso de Marit denota deslealtad, complicidad, engaño. Johan se levanta e invita al forastero a salir de la casa. Ahora nos damos cuenta de que en realidad no han almorzado nada. Toda la secuencia es absolutamente magistral, cargada de una sorda tensión explosiva. A propósito de una película de Mauritz Stiller que, durante un tiempo, se dio por extraviada―La canción de la flor escarlata / Song of the Scarlet Flower / Sången om den eldröda blomman (1919)―, el mencionado crítico Bengt Idestam-Almquist comenta que, varios años antes que Sergei Eisenstein, ya Stiller empleaba en sus películas objetos, paños, muebles, casas, cuerpos, fisonomías y movimientos «para introducirlos en sus filmes como pequeñas “atracciones” que hiciesen más potentes los acontecimientos de la narración» (Cine sueco, Buenos Aires, Losange, 1958, pág. 158). Ya hemos comentado antes la presencia de las escopetas colgadas de la pared en la habitación donde Johan estaba convaleciente de su caída, así como la objetividad física de los muebles y enseres; ahora es una pañoleta, que tendrá, además, un poco más adelante, un alto valor simbólico, cuando Johan se dedique a buscar desesperadamente a Marit. Stiller, como escribe Bengt Idestam-Almquist, compone estructuralmente cada plano con un cuidado exquisito, cual si se tratara de una tabla de un primitivo flamenco; todo está medido, calibrado, equilibrado; nada se improvisa ni se deja al azar. El montaje, de otro lado, es extraordinario, insuperable, tanto en Johan como en Herr Arnes Pengar («El tesoro de sir Arne», 1919): las tomas están cortadas de tal modo que la fluencia rítmica, lejos de ser repetitiva o monótona, es de una musicalidad poética inaudita. Ningún plano es semejante a otro. La alternancia de los planos, bien sean generales, panorámicos, medios o lo que sea, está concebida al servicio del ritmo narrativo, equilibrando perfectamente la expresión y la tensión dramática con la contención y sometimiento de las fuerzas primordiales.

En la toma siguiente, vemos al forastero tendido perezosamente, indolentemente, en el camastro del pequeño cobertizo que ocupa junto a la casa de los esposos. Da la impresión de que la temporada de trabajo ha terminado, o al menos él se ha tomado un prolongado descanso, merodeando como un animal en celo junto a su presa. A través de la ventana ve cómo entra Marit, llevando dos grandes alcantarillas llenas de leche, en su casa. Tiene una oportunidad que no está dispuesto a desaprovechar, y así se deduce de sus gestos y expresión del semblante. Cuando en la siguiente toma vemos a Marit dentro ya de la casa, se abre la puerta del fondo del cuadro e irrumpe el seductor, que penetra en la habitación con todo descaro. Marit le ofrece un enorme tazón de leche, que él se bebe, sosteniéndolo sólo con la palma de una mano, llevándoselo a la boca sin derramar ni una gota, en un santiamén. Sus maneras son a un tiempo fanfarronas y brutas; es evidente que quiere impresionar a la muchacha, pero siempre lo hace del único modo que puede: manifestando su vulgar virilidad, su fuerza, sus gestos y ademanes de machote rudo y carente de la más mínima delicadeza. Al volverse Marit y darle la espalda, pues no se halla cómoda ni relajada en su presencia, aunque tampoco puede decirse que lo rechace, el forastero aprovecha para acariciarle burdamente el cuello, girar por completo el cuerpo femenino, atraerlo hacia él y estamparle un beso en la boca, cogiéndole la cara con ambas manos. Esta vez sí se ha tratado de un beso prolongado. Satisfecho y ufano, se va, aunque Marit permanece de pie, entre pensativa, desconcertada y ligeramente arrepentida de lo que ha permitido hacer al hombre. Otra vez, durante toda la escena, los cacharros de la cocina han jugado un papel determinante en el desarrollo de la acción, a modo de aquellas «atracciones» que subrayan el comportamiento de los personajes.

El contraste con lo que acaba de ocurrir es la toma en la que aparece Johan en su barca, pescando con su red en las tranquilas aguas. En el artículo citado al principio de Fernando Usón Forniés, éste hace una observación muy atinada: cuando contemplamos al forastero dirigiendo su barca, siempre lo hace sobre rápidos, sobre una corriente de agua tumultuosa y agitada, símbolo evidente de la falta de estabilidad y de equilibrio, de la inmadurez del seductor, cuya sola presencia constituye una amenaza para la convivencia de los esposos en el hogar doméstico; en cambio, a Johan siempre se le ve cruzando y atravesando aguas tranquilas, que discurren con una mansa y rítmica cadencia, símbolo a su vez de la madurez interior del marido, de su equilibrio emocional, de su integridad moral, de su amor sencillo y verdadero por su esposa.

De nuevo, en la siguiente toma, podemos ver al forastero tumbado en la hierba que rodea la casa. Marit, sentada en un banco adosado al exterior de la vivienda, cose. Está vuelta de espaldas al seductor. Durante buena parte de la escena, la presencia de los objetos materiales es muy acusada, esta vez a través de la textura de las maderas con las que está construida la casa. El forastero se levanta y otra vez la acosa, sentándose junto a ella, cortejándola inoportunamente. Marit se levanta visiblemente incómoda. Cuando han estado durante unos instantes sentados juntos, él queriendo acercarse y ella dándole la espalda, evocaban ligeramente el cortejo de Archie a Elsalill, en un banco, en Herr Arnes Pengar, especialmente por la postura de los cuerpos. De pronto, Marit ve cómo se acerca a la orilla Johan montado en su barca, una vez concluida la pesca. Se desembaraza rápidamente del forastero y acude a donde está su marido, quien había empezado a recoger los peces adheridos a la red. Marit ha llegado nerviosa y agitada. En la siguiente toma, perteneciente a la misma secuencia, ambos esposos se hallan dentro de un cobertizo, pues Johan tiene que disponer algunas cosas. Ella lo ha seguido, sin querer separarse de su lado. A través de la ventana del almacén observa al forastero, cuyo tronco y cabeza quedan encuadradas maravillosamente en el vano. Al verlo merodear, Marit se abraza impulsivamente a su marido, quien se queda un tanto perplejo, poco acostumbrado como está a esas muestras efusivas de cariño por parte de su joven esposa. Salen y se sientan en un banco de madera situado en un lateral de la casa, bajo la impertinente mirada del forastero, que permanece a pocos metros, aunque Johan no le da aparentemente importancia, haciendo como si no ocurriese nada, absorbido en estar junto a Marit. Pero, de improviso, ve humo a lo lejos, en la otra orilla, un anuncio, por lo que comprobamos luego, de que su madre ha llegado, a la que estaba esperando. Decide acudir en barca en su busca para recogerla. Otra vez se quedan solos el forastero y Marit. Para llegar hasta donde está sentada Marit, tiene que cruzar de nuevo otra barrera que se interpone simbólicamente entre ambos: las redes de pescar tendidas al sol para secarse. Lo vemos hacer el gesto de levantarlas, franquearlas con grosero desparpajo y penetrar en el recinto «prohibido», en el hortus conclusus. Pero Marit no se doblega esta vez a sus propósitos, que no son otros que besarla de nuevo, forzándola. Lo elude, se aleja, y él, despectivamente molesto, le propina una patada al cubo que contiene el pescado, que queda boca abajo con su contenido esparcido alrededor del círculo. El forastero se marcha. Madre e hijo se aproximan en barca a la orilla; nada más pisar tierra, la madre amonesta al hijo por el descuido o negligencia de tener el pescado tirado en el suelo, atribuyendo el desorden a la poco querida nuera. Al alejarse, el seductor se cruza con la madre de Johan, quien vuelve ligeramente por dos veces la cabeza hacia el hombre en señal de desconfianza. La madre de Johan entra en la vivienda del matrimonio, y le falta tiempo para dirigirle unas palabras poco amables a Marit, a la que sigue considerando como una simple criada. Parece reprocharle el desorden reinante, la negligencia de la joven, que en realidad no son tales. Pero esta vez Marit no se calla, pues considera, con toda razón, injustas las amonestaciones de su autoritaria y desabrida suegra. Ambas mujeres discuten brevemente. Marit opta por marcharse. Se coloca el chal que le había regalado el forastero, y, en la puerta, le dice a un desconcertado Johan que se va a dar un paseo, ya que no puede soportar la actitud de esa mujer tan poco atenta y cariñosa. Johan, serio y disgustado, entra en la casa, se sienta a la mesa y reprocha con decisión y firmeza a su madre la manera de comportarse con Marit. Ésta, que no sabe muy bien hacia dónde dirigirse ni qué hacer, sin reflexionar apenas sobre su proceder de este preciso momento, encamina sus pasos hacia el accidentado pedregal que bordea la orilla del río, viendo acercarse a lo lejos al seductor en su barca, a través de los rápidos. Lo llama haciéndole señales con la mano, pero al llegar él a la orilla, ella, dominada por la turbación, corre hacia un enorme peñasco, como queriendo protegerse de una amenaza. Al acercarse él a ella, Marit, medio desmayada, se deja coger por el forastero, quien la levanta en brazos y se la lleva a la barca. Antes de dejar la imponente roca, la pañoleta con dibujo a cuadros que le regalara el descarado galán, se le cae al suelo, quedando allí, blanca y pura, como un testigo mudo de su precipitada huida irreflexiva y alocada, casi de mujer despechada, cuando no tiene ningún motivo por lo que respecta a su esposo para comportarse de ese modo. Entretanto, Johan y su madre se disponen a almorzar, pero al ver el marido la irregular tardanza de su esposa, se alarma, se levanta de la mesa y sale afuera, inquiriendo a la sirvienta si la ha visto. La muchacha, muy asustada, le indica somera e imprecisamente, que se ha dirigido hacia el pedregal. Hasta allí se encamina Johan, por primera vez en toda la película como fuera de sí, angustiado y perturbado por la desaparición de su mujer. Su paso por el pedregal es torpe y dificultoso, hasta el punto de que incluso tropieza y cae al suelo.

*IV Acto / En su travesía-huida río abajo, el forastero y Marit, transmutada  irreflexiva y fugazmente en una infiel esposa que no llega, sin embargo, a convertirse en amante del seductor, alcanzan pronto los rápidos. Aquí la cámara de Henrik Jaenzon, bajo la supervisión minuciosa y obsesiva de Mauritz Stiller, filma unas inmarcesibles imágenes de la barca, con los dos fugitivos, desplazándose por la impetuosa, caudalosa  y turbulenta corriente, imágenes no filmadas nunca antes ni tampoco después, absolutamente insuperables en su maestría técnica, en la minuciosa composición de los encuadres, en su simbolismo extraordinario, con los individuos empequeñecidos ante la fuerza incontrolada de la naturaleza, capaz de domeñar nuestras voluntades y nuestros destinos. Ese empequeñecimiento de la criatura humana ante la inmensidad y la fuerza primigenia de la naturaleza, nos evoca algunas pinturas del flamenco Peter Brueghel el Viejo, quien, a mediados del siglo XVI, acusa en algunos de sus cuadros, dominados por la omnipresencia del paisaje, la pequeñez del hombre en el cosmos, su insignificancia, pero también la época de profunda crisis espiritual que supuso el Manierismo europeo. Cuando los franceses han traducido esta película de Stiller con el título de Á travers les rapides, no van del todo descaminados, pues el agua, como elemento natural primordial, tiene una presencia tan grande y poderosa en el filme, tan simbólica, que termina convirtiéndose en un sujeto más de la acción. Un sujeto autónomo de extraordinaria importancia. No estaría de más recordar aquí la observación del historiador del arte Kenneth Clark a propósito de la importancia del agua en la cosmovisión de Leonardo da Vinci; para el genial artista y científico florentino, el agua es el elemento natural decisivo: su movimiento, su fluir, los remolinos que provoca, la lluvia torrencial, las cascadas y torrentes. «El agua―escribe el historiador inglés en su célebre monografía sobre Leonardo de 1939, revisada en 1952―es para la tierra lo que la sangre para el cuerpo. L’acqua è il vetturale della natura. De esta manera se explica el espacio, inmenso y descorazonador para quien estudia a Leonardo da Vinci, que ocupan en sus cuadernos de apuntes las descripciones y diagramas del movimiento del agua. En ellos nos encontramos con estudios y símbolos de esa energía continua, cuya observación inclinó a Leonardo a hacer de ella el centro de su sistema cósmico» (Kenneth Clark, Leonardo da Vinci, Madrid, Alianza, 1986, pág. 10).

 

La barca, guiada, a pesar de su considerable eslora, con suma destreza por el forastero, y con Marit sentada en la zona central, insegura y cada vez más asustada, incluso apoderada de un impreciso sentimiento de culpa, se balancea como una pluma de un lado al otro del eje del encuadre, sin salirse nunca del mismo, a veces manteniéndose menos de un segundo en el centro del cuadro, para volver a ser zarandeada por la fuerza inagotable de la corriente; en dos ocasiones al menos, la barca, centrada en la zona media inferior del plano, se sitúa atravesada, como una diagonal que estructurase arquitectónicamente la composición, al modo de la alargada formación rocosa que desde el lado derecho atraviesa hacia la izquierda en pendiente inclinada la escena de la Lamentación sobre Cristo muerto, hasta desembocar junto al grupo de la Virgen con su Hijo, obra pintada por Giotto, a principios del siglo XIV, en la Capilla de los Scrovegni de Padua. La barca se parece también a una «diagonal trágica», como la representada por Pedro Pablo Rubens, entre 1612-1614, en la tabla central del Descendimiento de la Cruz de la Catedral de Amberes; o bien vuelve a tener una enorme potencia abstracta, como ocurre con el bellísimo Cuerpo de Cristo muerto en el Descendimiento de Roger van der Weyden del Museo del Prado, de hacia 1435. La colocación de la barca en el encuadre, siempre agitándose y balanceándose de un lado para otro, descendiendo por la corriente, tan difícilmente domeñada por el remero, constituye un prodigioso equilibrio, imposible de ser superado, entre el naturalismo propio de filmar las turbulentas aguas y la concepción abstracta; porque, otra de las más grandes innovaciones de Stiller, es precisamente que, sin dejar de evocar el drama naturalista, tal como podían dictárselo las obras teatrales del noruego Henrik Ibsen, y, sobre todo, del dramaturgo sueco Augusto Strindberg, nunca renuncia a la concepción abstracta general. Aquí sí hay un poderoso punto de unión con el Descendimiento de Roger, pues del mismo modo que éste, al introducir a los personajes en una suerte de «caja», de relicario dorado, simulando un «Schnitzaltar», los somete a una estilización abstracta, según supo ver con gran agudeza Erwin Panofsky en su excelso estudio de 1953 (Los primitivos flamencos, Madrid, Cátedra, 1998, pág. 256), también Stiller controla continuamente los bordes del plano, de tal manera que los personajes están sometidos a un esquema más amplio de intenciones estéticas abstractas. Esto no significa que se olvide de las pasiones individuales, pero están contenidas con elegancia sublime, como en la tabla de Roger, pues, como escribió Bartolommeo Fazio en 1745, a propósito de una composición perdida de Roger, «se conserva la dignidad en medio de un río de lágrimas» (citado por Erwin Panofsky en Los primitivos flamencos, pág. 255). Además, no es posible percibir la más mínima monotonía o repetición entre un plano y otro, perfectamente demostrable si comparamos la primera y segunda visión de la embarcación atravesada diagonalmente de un lado a otro de la pantalla; lo que diferencia estos planos es el modo de moverse Marit en la barca, levantando los brazos hacia su cabeza, agitándose, sin desbordamiento, sin pathos, de un lado para otro del propio eje de su cuerpo, moviendo el cuello y la cabeza. Es decir, el movimiento contenido del personaje femenino, pues en estos dos planos desaparece el forastero, que está fuera de campo, otorga individualidad y autonomía rítmica al plano, a fin de diferenciarlos a todos ellos entre sí.

Es necesario un respiro, un breve descanso, aunque sólo sea para que Marit se calme y no siga tan asustada. Recalan en una orilla, pero ella permanece sentada en la embarcación, sin saber qué hacer, turbada, embargada por un escondido sentimiento de culpa, ya que no puede por menos de reconocer lo injusto de su proceder. Al fin, continúan de nuevo la bajada por la tumultuosa corriente fluvial.

Entretanto, Johan ha llegado, después de incorporarse trabajosamente, al peñasco de marras, permanece unos segundos cavilando, baja un poco los ojos y descubre la preciosa prenda blanca, señal de que hasta allí ha llegado Marit, pero también símbolo de la pureza de la joven, pues no llegará a consumar nada mientras esté esas interminables horas con el forastero.

Otra toma extraordinaria de las aguas turbulentas con la barca descendiendo tan dificultosamente; de pronto, los rápidos se encrespan, debido a una zona del río algo más elevada, y la barca, al descender por la corriente, casi abandonada a su suerte, parece por un instante que va a volcarse y naufragar. Han tenido suerte; a pesar del agua que ha entrado, la embarcación logra mantenerse equilibrada y continuar el descenso.

En la siguiente toma, vemos a Johan sentado en los escalones de la entrada de su casa, muy preocupado, angustiado, apesadumbrado, aunque sin perder nunca el dominio de sí mismo. La mano derecha sobre la rodilla derecha, la mano izquierda posada en el escalón de madera; detrás, el plano frontal de los maderos de la vivienda, con sus vetas, rugosidades y pronunciadas texturas. Si congelamos la imagen, el fotograma resultante, con Johan sentado, visto en un plano medio, se anticipa a algunas de las fotografías (usando magistralmente el gelatino-bromuro) que realizara el estadounidense Walker Evans en Hale County, en Alabama, en 1936, durante los años de la Gran Depresión, obras maestras de la fotografía documental de la primera mitad del siglo veinte (Beaumont Newhall, Historia de la fotografía, desde sus orígenes hasta nuestros días, Barcelona, Gustavo Gili, 1983, págs. 240-241. La edición original en inglés, publicada por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, es de 1982).

Johan entra en la casa, y, a pesar de la censura de su madre, está firmemente decidido a ir en busca de su esposa, por lo que ordena a la sirvienta que le prepare rápidamente una gran cesta con víveres, colgándosela a la espalda a modo de mochila. Es la primera vez que Stiller le dice a Henrik Jaenzon que filme la estancia viéndose también el techo. Esta innovación formal, revolucionaria desde el punto de vista compositivo para describir estados psicológicos, la llevará a su plenitud Stiller pocos minutos después, cuando veamos el interior de la choza del viejo pescador ocupada por la pareja fugitiva. Es decir, que exactamente veinte años antes que Orson Welles en Citizen Kane, tantas veces citada como ejemplo pionero de esa forzada perspectiva, ya Mauritz Stiller la ejecuta magistralmente en Johan. El ejemplo de Orson Welles servirá para reflejar un estado de ánimo muy distinto, si bien de inestabilidad y crisis, pero resulta un poco grandilocuente (es verdad que como corresponde a la personalidad egocéntrica del protagonista); el de Mauritz Stiller, al margen de su asombroso adelanto, refleja de manera más abstracta y contenida la tensión interior de los huidos, especialmente cuando los encuentra Johan. La representación del techo de una habitación para reflejar estados psicológicos angustiosos o desesperados, es un recurso primordialmente pictórico. Un magnífico ejemplo es el conocido cuadro de Vincent van Gogh titulado Interior de café de noche, pintado en Arlés en septiembre de 1888, conservado en la Yale University Art Gallery, del que le dijo en una carta a su queridísimo hermano Theo, escrita el 8 de septiembre de ese año, lo siguiente: «En mi cuadro Café nocturno, he tratado de expresar que el café es un sitio donde uno puede arruinarse, volverse loco, cometer crímenes. En fin, he tratado por los contrastes de rosa tierno y del rojo sangre y borra de vino, del suave verde Luis XV y veronés, contrastando con los verdes amarillos y los verdes azules duros, todo esto en una atmósfera de hornaza infernal, de azufre pálido, de expresar algo así como la potencia de las tinieblas de un matadero» (Vincent van Gogh, Cartas a Theo [selección], Barcelona, Barral, 1981, pág. 260).

De nuevo la acción se traslada a los fugitivos. Marit y el forastero detienen la barca en la orilla, en un lugar en el que hay una cabaña. Marit está exhausta; se levanta y se agarra al cuello del seductor, flaqueándole las fuerzas. El hombre la coge en brazos y la traslada a la cabaña.

*V Acto / Durante un tiempo indeterminado, unas pocas horas, parecen ser felices; él, como siempre, indolente y perezoso, tumbado, mientras que ella lo observa contenta y satisfecha. Parece incluso feliz. Se aleja a coger bayas silvestres, una hermosísima toma cuyos planos, con Marit de pie, en un plano general, junto a la espesura vegetal, evocan algunos cuadros de los pintores franceses de la Escuela de Barbizon, de mediados del siglo XIX. Se acerca con las bayas, se las entrega en un recipiente al forastero, que, después de haber avivado una hoguera para calentarse, continúa sentado en el suelo del campo. El joven se las come con apetito y brusquedad. Cuando casi ha terminado, se acuerda de ella y le ofrece, pero los modales tan poco delicados del galán provocan una transformación en Marit, que se pone seria. El joven la sienta junto a sí, la zarandea amistosa y jovialmente, con su habitual despreocupación fatua y engreída, pero Marit permanece vuelta y disgustada. Pareciera como si empezase a darse cuenta de la mediocridad y vulgaridad del hombre por el que, incomprensiblemente, se ha sentido atraída. Quién sabe si ha sido por dejar la rutina diaria, unido al comportamiento desdeñoso de su suegra. No obstante su actitud, él la ciñe por la cintura, con una de sus manos rozando la parte inferior de uno de los pechos de ella, y le da un largo beso. Marit se ha abandonado a él; no le ha opuesto resistencia alguna. La escena termina con el característico iris circular alrededor de la pareja, hasta que se produce el fundido. En la siguiente toma, mientras que el galán ha ido a dar un paseo, en el momento en que Marit va a entrar en la cabaña, percibe una presencia detrás: es el dueño de la casucha, un viejo pescador (el actor Nils Fredrik Widegren). Marit se turba al comprobar que se han instalado en una propiedad, pero el viejo pescador, paternalmente, la tranquiliza, indicándole que pueden continuar allí. Iris. Tiro de Johan conduciendo su barca por las apacibles aguas del río. Otra nueva toma de Marit con el viejo pescador, sentados juntos en un banco de madera del interior de la cabaña; ella llora y el anciano la consuela. Marit se sincera con el viejo, arrepentida de su acción. Es en este instante cuando vemos con absoluta nitidez y genial innovación formal, el techo de la cabaña, una perspectiva que aprisiona a sus ocupantes. Llega el seductor, pero la relación entre ella y él se ha tornado tensa. Otra toma, en el exterior, permite que veamos la llegada de Johan, quien es informado por el viejo dónde se encuentra la joven pareja. Johan se acerca. Marit percibe su llegada y se asusta. Johan abre la puerta y entra. Marit, de pie, permanece a la izquierda del encuadre, intentando apaciguar a su marido; éste, con el semblante descompuesto y sin mirarla, le aparta suavemente la mano que ella ha colocado sobre él, a fin de detenerlo. Toda la atención de Johan está concentrada en el seductor, quien, al fondo de la cabaña, sonríe estúpidamente, volviendo a hacer gala de su fanfarronería. Johan avanza un poco, ve un pequeño montón de recios troncos de madera, coge uno, y, con enorme rapidez, le asesta un fuerte golpe al seductor, quien cae derribado al suelo, asustado, sin resolución alguna para hacerle frente. Ya, con esta breve escena, ha demostrado que es un cobarde. Johan, con el leño agarrado fuertemente entre sus manos, lo levanta, y, por un momento, parece que va a descargar sobre su rival un golpe fatal. Podría haberlo hecho, pero se detiene: sus principios morales cristianos se lo impiden. Mientras tanto, Marit ha abandonado la destartalada habitación en busca de ayuda, pero cuando el viejo pescador llega, lo peor ha pasado ya. Johan sale de la cabaña, se cruza con el viejo, mientras que el seductor ha quedado humillado por un hombre cansado y mayor que él, pero que no ha dudado un segundo en salvaguardar su honorabilidad. La siguiente secuencia es muy bella. Johan, a la derecha del encuadre, se sienta, agotado y entristecido, en un tronco cortado; Marit permanece de pie, a la izquierda. Hay un amplio espacio que separa a los esposos, pero ambos quedan encuadrados dentro del plano. Comienza la reconciliación. Johan no fuerza nada, ni siquiera le dirige una mirada o una palabra de reproche a su esposa. Stiller nos brinda unos maravillosos planos medios de la figura de Marit. Cuando Johan se dispone a marcharse solo, pues no tiene la más mínima intención de forzar o violentar a su mujer, ella se arroja a sus pies, abrazándose sollozante a la zona inferior de una de las piernas del marido. Es evidente que su arrepentimiento es sincero. Ha comprendido, por fin, la nobleza e integridad del hombre que la ama; tanto, que puede recuperarlo. Juntos se montan en la barca, no sin antes haber esbozado ella una sonrisa de dicha plena, de felicidad completa, cuando aún estaba agachada agarrada a la pantorrilla de su esposo. Se les ve alejarse río arriba. Penúltimo plano: el seductor los observa desde tierra, vencido y dejando constancia de su personalidad superflua. Último plano: la barca se aleja lateralmente, cerca de la orilla, remontando el río, hasta que es prácticamente tapada por las alargadas ramas de unos árboles próximos.

No quisiera terminar estas breves anotaciones sin señalar el persistente recuerdo que se apodera del espectador, una vez que ha visto la película de Stiller, de una de las grandes obras maestras del cine mudo alemán, Sunrise: A Song of Two Humans («Amanecer»), de Friedrich Wilhelm Murnau, estrenada en Nueva York en septiembre de 1927. Me atrevería a decir que sin Johan de Mauritz Stiller, Sunrise hubiese podido ser concebida de otra manera, especialmente en lo que atañe a su trama argumental, pues resulta evidente que la profundidad moral y psicológica, así como la inefable belleza del filme de Murnau, los hubiese alcanzado en cualquier caso este indiscutible genio alemán. Pero el genio de Stiller, tanto en Herr Arnes Pengar como en Johan, no se queda ni mucho menos atrás. Además, son anteriores a Nosferatu, a Der Letzte Mann y a Sunrise, las mejores obras de Murnau. La diversidad argumental es evidente; más que de diversidad, habría que hablar de contraposición. Mientras que en Johan es la mujer la que tiene una aventura con otro hombre, arrepintiéndose y volviendo con su marido, en Sunrise es el hombre quien mantiene una aventura con una destructiva mujer de la ciudad, llegando incluso a disponerse para asesinar a su joven esposa, aunque los remordimientos se lo impedirán y será posible la reconciliación plena. En ambos casos, en Johan primero y en Sunrise después, los seductores contemplan impotentes y humillados la reconciliación de los esposos, el triunfo del verdadero amor.

 

Enrique Castaños, Málaga, 23 de febrero de 2015, festividad de San Policarpo de Esmirna, padre apostólico y obispo, martirizado hacia 155, en época del emperador Antonino Pío.