lunes, 19 de mayo de 2014

Artículo 48 / La bonhomía y el rigor plástico de Dámaso Ruano, por Enrique Castaños





La bonhomía y el rigor plástico de Dámaso Ruano


© ENRIQUE  CASTAÑOS






Aunque tardía y sin pleno convencimiento por parte de ciertos responsables políticos actualmente en el poder municipal, la concesión al pintor Dámaso Ruano (Tetuán, 1938), el pasado jueves 15 de mayo, de la Medalla de Oro de la ciudad y el nombramiento como Hijo Adoptivo de Málaga, acordados por el Pleno del Ayuntamiento, es un acto de justicia por el que todo malagueño aficionado a las artes plásticas y próximo al mundo de la cultura, debe sentir alegría. En mi caso, quiero dejar constancia de mi inmensa alegría, no sólo por la amistad que me une a Dámaso, aunque él ya no sea consciente de ello, y a su mujer, Pilar Cervera, sino porque Dámaso Ruano es una de las personas que con mayor rigor, desde el silencio y la humildad, han contribuido a difundir en Andalucía los valores estéticos intrínsecos al arte geométrico, basado en la proporción, en el simbolismo del número y en la armonía de los colores. En este sentido, junto con Manuel Barbadillo, que nos dejó hace ya una década, su aportación ha sido muy importante. Así lo reconocieron hace unos días en declaraciones a este mismo periódico, cuatro de los pintores que más lo trataron y mejor lo conocieron: Jorge Lindell, Stefan von Reiswitz, Eugenio Chicano y Enrique Brinkmann, a los que enumero en función de sus respectivas edades. Llevaba mucha razón Eugenio Chicano al destacar la coherencia de Dámaso, como asimismo han sido sumamente pertinentes y hermosas las palabras pronunciadas en el acto oficial por dos de sus mejores amigos, ambos arquitectos, Carlos Hernández Pezzi y Salvador Moreno Peralta. Como muchos saben, Dámaso ha sintonizado siempre muy bien con los arquitectos y con los ingenieros, debido precisamente a esa fundamentación matemática y a ese rigor geométrico de sus composiciones. Pero Dámaso, y en ello ofrecen un papel sobresaliente el color y el collage, no era un pintor frío, sino un pintor cálido, de una exquisita delicadeza, de un intenso lirismo, capaz de hacer coexistir el mundo de la geometría, de tan evidente raíz platónica, o igualmente vinculado a la extraordinaria Escuela de Chartres del siglo XII, con la huella antropológica, esto es, con la presencia humana, que, en su caso, se manifestaba a través de rasgaduras, heridas, fracturas, irregularidades, de tal modo que en muchos de sus cuadros despréndese un «élan» vital, un pálpito, un hálito que no es más que el reflejo, como diría Juan Escoto Erígena o Ricardo de San Víctor, de ese mismo soplo con el que el Creador dio por vez primera vida a la creatura humana en el Edén. 

Sus cuadros del decenio de 1950, realizados en Marruecos, son paisajes inmarcesibles, plenos de poesía pictórica, produciéndose una extraña, misteriosa y deslumbrante simbiosis entre las diferentes texturas y los colores, terrosos, verdosos y tostados principalmente. Son tablas o lienzos que el transcurso del tiempo ha revalorizado, y que deberían formar parte de la colección del Centro de Arte Reina Sofía, pues no tienen nada que envidiarle a obras, por poner dos ejemplos estilísticamente próximos, de Salvador Victoria o Lucio Muñoz. Exploró también, con una gran originalidad, el «espacialismo» de Lucio Fontana, aunque sin descuidar nunca la estética del color, que unas veces podía ser suntuoso, sensual, exuberante, y otras contenido, sobrio, casi monacal, esto es, zurbaranesco. 


                                     El cuadro titulado SAHEL, de Dámaso Ruano (1994).



La primera vez que contemplé directamente su obra fue en 1973, en la Galería La Mandrágora de Málaga, me parece que en calle Vendeja, una exposición individual que, a pesar de mi juventud, pues no tenía más que quince años, me fascinó, hasta el punto de acudir dos veces a verla, pudiendo también observarlo a él a hurtadillas, creo recordar que en una ocasión acompañado de Gerardo Delgado, aunque, como es natural, un muchacho tan joven como era yo entonces no se atrevía a dirigirse directamente al pintor. Fue el mismo año en que le hice una entrevista a Enrique Brinkmann, en la casa donde vivía cerca del hotel Torremora, una entrevista que formaba parte de un trabajo monográfico de la asignatura de Historia del Arte en COU. Aunque mi admiración artística estaba por aquella época casi por entero orientada al Renacimiento italiano y a los primitivos flamencos, entusiasmo que se ha acrecentado con el paso de los años, no por eso dejaban de provocarme graves interrogaciones esas obras de Dámaso ya decididamente abstractas, a los pocos años de instalarse en Málaga, pues había llegado en 1969.

Siempre ha sido Dámaso un hombre sencillo, muy amigo de sus amigos, excelente conversador, con el que uno llegaba a emocionarse al hablar de pintura, contagiado quizás por la propia emoción que lo embargaba a él. Era capaz de contar las más increíbles historias y experiencias de su paso por Marruecos, siendo un buen conocedor de los autores de la llamada Escuela de Tetuán. Nunca intrigó ni conspiró, y eso lo saben muy bien los miembros del Colectivo Palmo, del que fue fundador y uno de sus principales promotores.

Ya va siendo hora de que a personas como Dámaso Ruano, así como a todos los que he nombrado antes y algunos más, es decir, los representantes de la pintura de vanguardia que se hizo en Málaga desde mediados de los cincuenta y durante los sesenta, se les dediquen varias y nutridas salas, bien en el futuro Museo de Málaga, o bien en una institución creada al efecto. Dámaso Ruano y sus compañeros de generación se lo merecen de verdad. Haría bien el Ayuntamiento en patrocinar una actuación de esta naturaleza, en vez de derrochar energías en ciertos pseudoartistas o en proyectos fantasmagóricos. Felicidades de nuevo a Dámaso, a su mujer y a sus hijos.




Málaga, 17 de mayo de 2014.
Enrique Castaños es Doctor en Historia del Arte.
  


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