domingo, 23 de junio de 2013

ARTÍCULO 3.


La  verdad pictórica de Bartolomé Esteban Murillo


© ENRIQUE  CASTAÑOS



Sobre la exposición Murillo & Justino de Neve. El arte de la amistad, que finalizó el pasado 30 de septiembre de 2012 en el Museo del Prado, y que ha sido rigurosamente comisariada por Gabriele Finaldi, podrían comentarse, a pesar de la reducida cantidad de las dieciocho obras exhibidas, numerosas cuestiones, como, por ejemplo, la noble y sincera amistad entre el pintor y el patrono, la concepción del arte de la pintura en la Sevilla del siglo XVII, la elaboración y el contenido iconográfico de los ciclos pictóricos de Murillo para las iglesias sevillanas de Santa María la Blanca y del Hospital de Venerables Sacerdotes, o los avatares del coleccionismo y la dispersión de la producción pictórica de Murillo durante los siglos XVIII y XIX, especialmente la dispersión provocada por el expolio de la invasión napoleónica, aunque en estas pocas líneas sólo vamos a hacer unas brevísimas reflexiones acerca de la técnica pictórica y del alto contenido espiritual del genial artista sevillano, amparándonos, precisamente, en la excepcional calidad de los cuadros expuestos, procedentes de España, Francia, Gran Bretaña, Hungría y Estados Unidos.


Bartolomé Esteban Murillo. SAN JUANITO CON UN CORDERO, 1660-65 (pormenor)


La técnica pictórica de Murillo posee una calidad tan alta como la de los más grandes pintores del siglo XVII europeo, entre los que se encuentran Velázquez, Rembrandt, Rubens, Van Dyck, Vermeer, Ribera o Frans Hals. Murillo, a pesar de los nutridos encargos que recibe, ejecuta todas sus obras maestras él solo, sin colaboración de nadie, y, además, denota un supremo conocimiento en el diseño, en la composición y el equilibrio de las masas, en la aplicación del color, con matices de una finura y sensibilidad prodigiosas, en la concepción del espacio y en el tratamiento de la luz y de la sombra, esto es, en todos aquellos aspectos que constituyen el supremo arte de la pintura. A diferencia de otros eximios pintores, como es el caso de Zurbarán, el artista sevillano nunca se equivoca, nunca comete errores, y esto no sólo se refiere a la portentosa perfección compositiva, sino al extraordinario dibujo interno que lo soporta todo, no tan perceptible como el inigualable de Ribera, sino como escondido y oculto como en el caso insuperable de Velázquez. Una capacidad dibujística superior, un absoluto dominio y control del acto de pintar, una coordinación fuera de lo corriente entre la mano y el cerebro, es lo que constituye la secreta arquitectura interna que sostiene sus maravillosas pinturas.
Pero esta capacidad técnica prodigiosa, por sí sola, con ser algo tan grande y elevado para alcanzar la categoría de excelente artista, no es suficiente para explicar el lugar privilegiado de Murillo en la historia de la pintura europea, al lado de los más insignes. No es suficiente porque hay algo más, ese algo del que habla Ramón Gaya al referirse a Velázquez, y que, sin ningún complejo ni temor, podemos atrevernos a afirmar que también lo roza Murillo. Ese algo más no pertenece ya al trajinar con los materiales, no pertenece ya a esa cosa humana que es la pintura, la auténtica pintura, sino que se acerca al Arte, a la sacrosanta verdad del Arte, a ese otro lado en el que les está dado estar a muy pocos, y, además, están de una manera completamente natural, sin aspavientos, alharacas ni excentricidades, sino de manera sencilla, humilde, pero infinitamente grande, porque se trata del instante en que la pintura, que ya no es pintura sino Arte, se emparenta y confunde con la vida, con la verdad de la vida. Es entonces cuando el lienzo, que es sólo Arte, esto es, Vida, nos conmueve, nos embarga, nos produce no sólo placer estético, esa «finalidad sin fin» de la que hablaba Kant, sino emoción espiritual, profunda, muy profunda, porque llega a lo más íntimo de nuestra alma y a lo más escondido de nuestro ser esencial. Eso es lo que produce la cabeza del cordero en San Juanito con un cordero, de 1660-65, una cabeza que, con independencia de su portentosa técnica, es la quintaesencia de la inocencia, de la ausencia de maldad, de la bondad, con esa patita encima del brazo del encantador niño, y no puede ser de otro modo porque se trata del Cordero de Dios, de Cristo, que es lo que representa. Esa cabeza es la de la víctima que va al sacrificio, sin rechistar, porque ese sacrificio redimirá a la humanidad entera. Esto lo expresa Murillo de un modo cálido, emotivo, espiritual, vivo, con una vida auténtica, ya que ese cordero, como el Niño de Vallecas, está ahí tal y como él es; es decir, no posa, sino que «está». Como de nuevo afirmaba de manera inmarcesible Ramón Gaya refiriéndose al Niño de Vallecas velazqueño, ya no se trata de una belleza estética, sino ética. Lo mismo podemos afirmar de ese cordero pintado por Murillo. Es algo muy parecido a lo que, en 1603, ya expresaba Shakespeare por boca de Ofelia en Hamlet (acto III): «Could beauty, mi lord, have better commerce tan with honesty?» («Nunca, mi señor, la belleza podría tener trato mejor, sino con la honestidad»).

Lo mismo ocurre, y es el segundo y último ejemplo que aducimos, con la mujer dormida en El sueño del patricio Juan, de 1664-65, que no es otra que la esposa del patricio romano de la historia de la fundación de la basílica romana de Santa María la Mayor. Al igual que el perrito apoyado en el brazo forrado de terciopelo rojo de la silla del retrato del infante Felipe Próspero que hay en Viena, pintado por Velázquez al final de su vida, que reposa absolutamente relajado en su más auténtica y prístina «mismidad», esta mujer del mencionado cuadro de Murillo está «verdaderamente» dormida, plácidamente dormida, en un sueño sereno y tranquilo, con una relajación completa de sus miembros, esto es, tampoco está posando, tampoco está pintada, sino que «es», «está», y este supremo naturalismo pictórico, que no tiene relación alguna con el de Manet, aunque era un enamorado de ambos pintores españoles, está relacionado con la Verdad, la Verdad del Arte, que no es otra que la redención del ser, que la verdad del reino del espíritu, de un espíritu henchido de bondad, de sencillez, de amor a las criaturas, de sentido religioso y de vinculación con la verdad revelada, que es el más grande misterio de la historia del hombre sobre la tierra.

Publicado por el diario SUR de Málaga el 2 de octubre de 2012.

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