lunes, 24 de junio de 2013

ARTÍCULO 23


Charles Fourier: el deseo y la utopía recuperados

© ENRIQUE  CASTAÑOS






La incidencia del maquinismo, si bien por una parte impulsó extraordinariamente el desarrollo de la técnica y de las fuerzas productivas, por otra originó el mayor desdoblamiento individual y colectivo del que se tiene noticia en occidente, lo que no sería más que la caída en un complejísimo proceso alienatorio que aún no ha concluido. Este fenómeno de la alineación, aparecido en el proceso mismo del trabajo en la industria, fue perfectamente entrevisto por autores como Fourier y Proudhon, por el Marx de los Manuscritos y por Kropotkin y otros autores anarquistas, y supuso una ruptura definitiva y compleja sobre aquel tipo de trabajo que realizaría el artesano medieval. Los operarios de los pequeños talleres medievales reconocíanse por entero en los productos que elaboraban, considerándose el acabado del objeto, no solamente como algo perfecto, sino también como algo enteramente creado por un solo individuo. Esta armónica relación entre sujeto y objeto comenzaría ya a descomponerse durante los tiempos bajomedievales, pudiéndose seguir todo este proceso a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, hasta que, por fin, adquirirá carta de naturaleza en los primeros decenios del siglo XIX.

En los tiempos modernos, cuando tiene lugar la transformación de la industria por medio de la cooperación simple y de la manufactura, y, más señaladamente, una vez que triunfe en toda regla la revolución en la industria y se consolide el régimen capitalista, entonces, el productor no se reconocerá ya en su producto, el obrero no se encontrará en el trabajo que realiza, tendrá lugar un extrañamiento, un distanciamiento total y absoluto entre el trabajo y quien lo ejerce: los objetos ya no son elaborados por entero por un solo individuo, sino que pasan por muchos de ellos antes de su acabado final, teniendo lugar una división técnica y social del trabajo altamente desarrollada, con el consiguiente extrañamiento que ello produce en el obrero, limitándose éste ya, solamente, a la fabricación de una sola de las partes del objeto a producir, esto es, interviniendo tan sólo en una fase de la producción, siendo necesarias muchas fases y la concurrencia de un elevado número de individuos en cada una de ellas para que tenga lugar, después de un largo proceso, el acabado del objeto. En este objeto final no se reconoce el obrero, habiendo él tan sólo intervenido en una sola de las fases de su elaboración técnica, muy al contrario de lo que ocurría durante la Edad Media.

Paralelo a este fenómeno de la alineación se situaría el de la apropiación capitalista de los medios de producción, es decir, que éstos, de manos del obrero o artesano, como ocurría en los siglos medievales, van a pasar a manos del capitalista, incurriéndose de esta manera en una contradicción tan crasa entre la producción social y la apropiación capitalista, que dará origen a un fuerte antagonismo social, antagonismo que se expresa en la lucha entre el proletariado y la burguesía. También este fenómeno encontraría una exposición clara en otro de los fundadores del materialismo histórico, Federico Engels, sobre todo en algunas de las páginas de su obra Del socialismo utópico al socialismo científico.

Pues bien, una vez que el industrialismo mostró su verdadero rostro, una vez que sus desastrosas consecuencias y secuelas quedaron al descubierto, no faltaron espíritus atentos, observadores de la realidad, que se lanzasen a la tarea de indagar las causas de tales males e intentaran ponerles remedio. Es así que la utopía socialista aparece como consecuencia directa de la industrialización.

Entre estos autores se situará Charles Fourier (1772-1837), auténtico profeta del dolor que nuestro tiempo viene deparándonos.

Yo no sé si Engels exageró al decir de Fourier que «maneja la dialéctica con la misma maestría que su contemporáneo Hegel», pero de lo que sí que estoy seguro es que en Fourier encontramos al crítico más mordaz, más penetrante e incisivo, más riguroso y exacto del mundo recién salido de la Revolución Francesa.

Partiendo de una valoración crítica de la sociedad francesa posrevolucionaria, a través de un detenido análisis crítico de la opresión en la historia, como se explicita en su Teoría de los cuatro movimientos, Fourier acomete la parte negativa de sus escritos, la crítica a la civilización (período en el que, según él, nos encontramos y que se caracteriza por practicar un tipo de industria «fragmentaria y grosera») y al trabajo en la era industrial. Ahora bien, el concepto de civilización es un concepto ilustrado, y la crítica que de él hace Fourier se inserta plenamente en su ruptura con el espíritu de las luces. Es el espíritu de la Ilustración, con su exaltación de la razón, del progreso y de la historia, el marco adecuado para que la noción de «deseo», clave en el universo fourieriano, y la consiguiente crítica a la civilización y al trabajo en la industria, hallen su cumplida expresión en la obra de Fourier. Esta posición de rechazo, comparada por un autor de nuestros días al «destino propio de los navegantes modernos», trae consigo el «olvido absoluto», desdén total por todo lo que rezume civilización.

Es la noción de trabajo derivada del concepto ilustrado de civilización, sobre la que descargará Fourier su acerba crítica. Frente a un trabajo considerado en su aspecto estrictamente económico, como actividad humana productora de lo real, en el que el espíritu de la Ilustración distingue tanto su función objetiva, transformadora de lo real, como su función espiritual, es decir, como principio de la autorrealización del hombre; frente a una noción de trabajo como lo que articula la diferenciación y la confrontación de un sujeto y un objeto, Fourier propone un modelo económico en el que la actividad productiva del hombre se despliega en un contexto transubjetivo y pasional. Más aún, es contra la filosofía de la cultura y la historia implícita en la determinación ilustrada de la función espiritual del trabajo, contra la que se rebela Fourier. Aquélla consideraba en la función subjetiva del trabajo dos momentos determinantes: de una parte, el principio de individuación yoica (el yo kantiano, como ha sido puesto de manifiesto por Eduardo Subirats, no es más que un yo lógico, aquel que mediante su función sintética determina al sujeto empírico como un objeto: no es más que pura actividad cognitiva y trabajadora que no reconoce otra realidad que la lógicamente constituida. Este sujeto trascendental kantiano, que no es otro que el sujeto burgués de la dominación, se define como un puro fantasma lógico); de otra, aquel que se refiere al destino de las pasiones (Hegel). Por lo que al segundo principio se refiere, el trabajo, aparte de actividad formadora y reproductora de lo real, aparece también como una manifestación libidinal, pasional. El deseo que con él coexiste, se presenta, sin embargo, reprimido, canalizado, dirigido. Es este orden fisiológico que impone sobre el cuerpo el que resume en definitiva la función espiritual del trabajo. Hegel descubrirá estos mecanismos, sobre todo el concerniente a la carga libidinal propia del proceso de trabajo, haciendo constar que la esencia de nuestra cultura no es otra cosa que la negación del deseo, su constreñimiento, la asfixia de lo económico-libidinal por lo económico-político. Pero la constatación de Hegel se opera en función de los vuelos de la razón, mientras que la constatación fourieriana remite exclusivamente al amordazamiento del deseo. En Hegel, el deseo y la pasión son simplemente medios; en Fourier son un fin. Hay que liberar al deseo por el deseo mismo: hay que liberar las pasiones y dejarlas fluir en su infinita multiplicidad, por lo que ellas mismas significan.

En Utopía y subversión, libro no suficientemente conocido de Eduardo Subirats      —de algunas de cuyas páginas he tratado de hacer una apretada síntesis, en lo que respecta a la relación entre el pensamiento de Fourier y el de Kant y Hegel—, podemos ver muy claramente que el deseo al que Fourier hace referencia    —que a primera vista no parece representar más que la alteridad de las instituciones, de la economía política, de la historia—   parece presagiar un mundo pasional en el que el despliegue de las pasiones y los gustos sólo podría realizarse en un espacio y un tiempo históricos. Pero el hecho de que el deseo sea oprimido no significa que sea suprimido. La armonía pasional, la posibilidad del deseo, sólo pueden encontrar su marco de realización en un espacio y en un tiempo históricos. Este deseo, social, político, económico, se constituirá en fuerza capaz de trastocar el orden moral del trabajo, de la civilización, amenazando y subvirtiendo todo el estado de cosas existentes. De esta manera, el destino de las pulsiones sufrirá la misma suerte que los mecanismos de producción y reproducción.

Son las pasiones productivas, nos dice Fourier, las únicas permitidas en civilización, mientras que existen otras pasiones, tan legítimas como aquéllas, que se encuentran reprimidas, reducidas a un estado de aprisionamiento que sólo les permite un desarrollo vicioso. La tarea de liberar estas últimas constituye una empresa fundamental para acceder a fases superiores de la evolución social. Así, de la misma manera que las pulsiones parciales de la sexualidad infantil amenazan con desarticular y descomponer la organización centralizada de la sexualidad madura, como descubriera Freud a raíz de la polimorfia del cuerpo infantil, también las pasiones reprimidas amenazan, con su libre desarrollo, el estado general del sistema, pudiendo constituir su liberación el despedazamiento del actual sistema de producción, del trabajo, la razón y el progreso.

El contenido subversivo del deseo en Fourier permite poner en relación su pensamiento con el de Sade, como de hecho lo ha puesto de manifiesto Pierre Klossowski, pero teniendo en cuenta que, aun cuando tanto Sade como Fourier ejerzan su virulenta crítica contra el constreñimiento y la uniformidad del deseo en nuestra sociedad, denunciando un comercio sexual corrompido, un placer al que no se le reconoce ningún derecho por sí mismo, constituyendo, en el caso de Sade, la sodomía el acto antigregario por excelencia y la forma más patente de rebelión contra lo existente, orden dado este último que convierte las relaciones sexuales entre los individuos en meros actos de procreación, lo cierto es que el autor de La philosophie dans le boudoir manifiesta una actitud trágica y pesimista al no reconocer ninguna salida al estado actual de cosas, mientras que en el caso de Fourier despréndese de sus escritos una visible esperanza, cuando nos habla de la inminente regeneración de los seres humanos mediante el infinito despliegue y multiforme variedad de todas nuestras pasiones. Las novelas de Sade constituyen un continuo fracaso en lo que a posibilidad de realización de la virtud se refiere, explicitan un endémico mal congénito a nuestra naturaleza, como si la brutalidad, la ferocidad, la violencia y el crimen fueran nuestro único estado natural. Fourier, por el contrario, no vio a la naturaleza humana como intrínsecamente inclinada hacia el mal, ya que, en un medio adecuado, podría desarrollarse libremente.

Más, mucho más que destellos o atisbos geniales, al decir también de Engels, es lo que hallamos al leer los escritos de Fourier. Él sabía del carácter ilusorio de un progreso que iba dirigido contra el cuerpo del hombre. Él sabía, al igual que poco después Proudhon, del engaño que se escondía tras la voluntad general de Rousseau y su ideal de democracia burguesa. Tampoco desconocía la despersonalización que trae aparejado el trabajo en la industria, hasta el punto de erigirse en esencial a la misma, incapaz de sustraerse de ella (nos referimos, por supuesto, a algo que tan sólo en nuestra época aparece en toda su desnudez, aun cuando ya pudo ser atisbado por Fourier en su tiempo, es decir, al desmoronamiento del equilibrio psíquico del hombre contemporáneo, al reiterado asalto que sobre su vida afectiva e íntima emprende un poder abstracto que, ayudado de la estandarización del trabajo en la gran industria, convierte a los sujetos en grotescas sombras de lo que verdaderamente representan. La nadidad del momento presente, por tanto, como la más acabada expresión de la armoniosa relación entre el Estado y el Capital). De ahí su crítica a la civilización, de ahí su crítica al trabajo en este régimen de desigualdad material y miseria espiritual. Su rebelión contra el espíritu de la Ilustración fue completa. En el desarrollo de una razón poderosa y omnipotente no veía más que vaciedad y despotismo. Esa razón no poseía más que una lógica, y ella es la de la dominación. Esa razón no sabe de indecisiones ni de esperanzas. Es poder y sólo poder, poder que es dominio y gobierno. Y de los gobernantes ya dijo Sófocles, por boca de Creonte, que no tienen tiempo de ocuparse de problemas personales. Hay una razón, no obstante, que impera sobre todas las demás, y ella es la razón de Estado, tanto si nos referimos al Estado liberal burgués como si nos referimos al estatalismo comunista de una sociedad planificada. Ambos tipos de organización social descansan sobre una moral del trabajo que estará de acuerdo, en lo sustancial, en el ahogamiento y asfixia de la autonomía de los sujetos.

La utopía de Fourier, que, por encima de disquisiciones y razonamientos sobre el significado de lo utópico, no es más que un situarse más allá de la realidad que nos constriñe, pero sin dejar de tener bien puestos los pies sobre la tierra, no es que no sea científica, es que no pretende serlo. Sin embargo, la sociedad armónica que nos describe, nos resulta más valiosa, más aprovechable, que esas utopías comunistas con visos de cientificidad que lo subordinan todo a la colectividad soberana. Fourier no necesita imaginar una sociedad futura matemáticamente calculada para que tuviera todas las probabilidades de verificarse en la historia. No era su intención dar una detallada relación de los pasos a efectuar, de las condiciones objetivas o subjetivas necesarias a la acción revolucionaria. Fourier sabe que estas directrices, esta normativa apaga la capacidad de decisión de los individuos, únicos dueños de su propio destino. A él le importa más erigirse en conciencia crítica, advertir de los peligros que encierra la racionalización económica y la uniformidad colectiva. Es utópico en la medida en que no cree en la ciencia, en la medida en que no cree en un progreso que comporta la deshumanización, en la medida en que piensa que técnicas y máquinas acarrean opresión y servidumbre. A Fourier le gusta descorrer la máscara de que se cubren las, aparentemente, grandes empresas. Fourier es uno de los grandes destructores de mitos de la historia del pensamiento.

En Fourier hay un no rotundo a la autoridad, al Estado, a las instituciones, trátese de la familia, del matrimonio o de la propiedad. En sus escritos se afirma lo individual frente a todo aquello que lo reduce a la nada. Por eso no es partidario del igualamiento propio del rebaño. ¿Podría conservarse la riqueza de las diversidades particulares, la pluriformidad de esos átomos que son los individuos, según Bakunin, en una sociedad reductoramente igualitaria? No vaya a derivarse de ello que Fourier concede al individuo una libertad de actuación (= apropiación) ilimitada, ya que, si algo se propone Armonía es la coexistencia del interés colectivo y del interés individual.

Fourier es un visionario y, como todo visionario, es un hombre que sueña. Pero su ensoñación utópica no se queda ahí, infinitamente alejada de nosotros, como un modelo o meta inalcanzable; a él, mejor que a nadie, podría aplicársele la frase de Joseph Déjacque: «¿Qué es la utopía? Una realidad no realizada pero realizable». Fourier quiere saber de alegrías sin fin, de placeres sensuales y culinarios, de atracciones apasionadas, de cuerpos que contengan vida y no sean prisiones, de seres libres que sepan lo que es el amor y la crítica. Fourier, en definitiva, añora un mundo donde sea posible la armonía.
  


Publicado en el diario SUR de Málaga los días 10 y 11 de julio de 1984
 

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