jueves, 27 de junio de 2013

ARTÍCULO 40


La pintura ensayística de Oriol Vilapuig

ENRIQUE  CASTAÑOS





Otros forman al hombre; yo lo describo y represento a uno particular bastante mal formado, y que, si tuviera que modelar de nuevo, haría en verdad muy diferente de como es. Ahora ya está hecho. Pero los trazos de mi pintura en absoluto se alejan de la verdad, aunque cambien y se diversifiquen. El mundo es un columpio perpetuo: todas las cosas se mueven sin cesar, la tierra, las rocas del Cáucaso, las pirámides de Egipto, siguiendo tanto el movimiento universal como el propio. Incluso la constancia no es otra cosa que un movimiento más débil. No puedo asegurar mi objeto. Va confuso y errante, como una embriaguez natural. Lo tomo en este punto, tal como es, en el instante en que me ocupo de él. No describo el ser. Describo el pasaje: no un pasaje de una edad a otra, o, como dice el pueblo, de siete en siete años, sino día a día, minuto a minuto. Hay que ajustar mi historia al momento. Podría cambiar de pronto, no sólo por azar, sino también por intención. Es un registro de accidentes diversos y mudables y de pensamientos indecisos y, llegado el caso, contrarios; bien porque sea otro yo mismo, bien porque tome los temas según otras circunstancias y consideraciones. Lo cierto es que me contradigo bastante al azar, pero a la verdad, como decía Demades, no la contradigo. Si mi alma pudiera fijarse, no me ensayaría, me resolvería; siempre está en aprendizaje y en prueba.

Michel de Montaigne. Ensayos, Libro III, II.
 





Bajo la vigorosa protección estilística de un lenguaje decididamente expresionista, los cuadros que Oriol Vilapuig (Sabadell, 1964) presenta en esta exposición con el explícito título de Dels assaigs (De los ensayos), son una exploración de las pasiones y sentimientos del hombre, un análisis de las emociones y de los estados anímicos, un viaje interior cuyo propósito es el mejor conocimiento de uno mismo y de su posición en el mundo. Explícito porque alude con toda claridad y de manera transparente a uno de los textos fundacionales de la conciencia moderna, los Essais (Ensayos) de Michel de Montaigne. Los Essais han sido aquí el punto de partida, el núcleo intelectual que ha servido de inspiración a unos trabajos que, en última instancia, no son más que una reflexión sobre la fragilidad de la condición humana. Leyendo los Essais, Oriol Vilapuig ha sentido al señor de Montaigne como su contemporáneo, se ha identificado y ha participado de sus mismas inquietudes espirituales, sobre todo aquellas que lo convierten en un representante del escepticismo y en un agudo crítico de la pretendida seguridad de nuestro conocimiento. Johannes Hirschberger se ha referido con elegante precisión a cómo la incapacidad del ser humano para captar la verdad divina que se desprende del opúsculo sobre la Docta ignorantia de Nicolás de Cusa, se seculariza ahora en la filosofía del período renacentista, cuando es ya todo el mundo en sí mismo para nosotros algo paradójico y lleno de misterio, nuevo clima espiritual que terminará concretándose en ese auténtico escepticismo de Montaigne, para quien el hombre, precisamente por el carácter engañoso de la experiencia de los sentidos y por la inseguridad sobre la que descansa nuestro entendimiento, no puede alcanzar un verdadero saber. Pero, lejos de refugiarlo en una «inactiva resignación», el escepticismo conduce a Montaigne a la acción, actitud que también observamos en el recurrente personaje de los cuadros de Vilapuig. En medio de un mundo extraño, dominado por poderes oscuros   —continúa explicando Hirschberger—, Montaigne descubre que «quien quiere aprender a vivir, debe aprender a morir». Lo último y decisivo no es el saber, sino el hecho moral. Es esta conciencia moral, así como el hecho de la revelación, lo que proporciona cierta seguridad al hombre en medio del desamparo y desgarramiento del mundo, permitiéndole asimismo recobrar una existencia independiente.

Oriol Vilapuig. Dels assaigs I.

La misma independencia que, al margen de Montaigne y otras consideraciones relativas a su contenido, tiene la pintura de Oriol Vilapuig. Una pintura   —y creo que conviene subrayarlo en un tiempo artístico como el actual—   plenamente autónoma, de una extraordinaria fisicidad y sensorialidad, de exultante cromatismo y vivísima gestualidad. Una pintura-pintura que existe sin necesidad de recurrir a ninguna explicación más allá de las formas que cubren la superficie del lienzo, una pintura pictórica que no necesita de ninguna justificación metatextual, cuya gozosa plenitud física, bien sea por la táctil textura de las pinceladas y de los pigmentos, bien sea por la intensidad de la gama de color, le es suficiente para existir como realidad estética. Piénsese, por ejemplo, en cuadros como Bañista y Billy Budd, en los que el azul lo inunda todo, sobreimponiéndose a cualquier otro recurso o presencia, bañando la vista de pura poesía marina.

Pero, no obstante esta autonomía de los solos medios de la pintura, el caso es que Oriol Vilapuig desarrolla en la serie que nos ocupa una interesante reflexión sobre el sujeto humano, sus inquietudes y su modo de estar en el mundo. Sea o no su álter ego, lo cierto es que ese personaje recurrente de sus cuadros es un ser frágil, desvalido, incluso mutilado (obsérvese que le han sido amputados los brazos), un ser que nos podría recordar a los personajes de Samuel Beckett, quizás también algunos otros de los relatos de Kafka, pero cuyo parentesco con las creaciones del irlandés me parece más estrecho debido precisamente a su aspecto grotesco, ridículo, bufonesco. Debe moverse y actuar en un mundo que está a medio camino entre la realidad y el sueño, entre la certeza y la imaginación, ambivalente, contradictorio, paradójico. Desde el principio mismo de la serie deja constancia Vilapuig de esa ambigüedad, de ese intencionado equívoco, como puede comprobarse en ese lienzo de casi dos metros de lado donde lo mismo parece estar representada una montaña que un montón de excrementos. Para ello, el pintor juega deliberadamente con la escala y con la distancia. En otro cuadro, Dels assaigs (I), encontramos a nuestro personaje desnudo tumbado boca arriba sobre un duro camastro destartalado, transparentándose su minimalista fisiología interna, casi exclusivamente hecha de un rudimentario aparato digestivo. Sin embargo, el pintor ha querido destacar tres partes de su cuerpo, la cabeza, el corazón y el sexo, esto es, la sede del pensamiento y del raciocinio, el órgano que simboliza la pasión y el sentimiento, y el lugar donde radica el instinto. Este rey sin reino y destronado, con la irrisoria corona colgada a los pies de la cama, nos está diciendo con patética dignidad que la carencia de bienes materiales no le impide, sino todo lo contrario, ser dueño de su propio destino, gobernarse él solo y abandonarse a sus pensamientos. Aunque casi siempre aparece con corona, en verdad autocoronado. «¿Por qué se autocoronan mis personajes?», se preguntaba Oriol Vilapuig en un breve y esclarecedor texto que me envió recientemente. Y se contestaba: «¿Es quizás porque en su estado de incapacidad permanente ante los acontecimientos se aceptan tal como son? ¿O es quizás porque a pesar de dichas incapacidades se autocoronan incapaces de reconocerlas? La primera los hace más dignos; la segunda más patéticos».

En Dels assaigs (II), está en una playa, a la que probablemente ha llegado en su periplo sin destino, viaje iniciático que en realidad constituye la búsqueda de sí mismo. Aquí se entrega a su instinto sexual, pero parece torpe e inexperimentado, o quizás ha consumado su apetito y quiere hacernos creer que es un ingenuo. En Dels assaigs (III), de nuevo se enfrentan fuerzas opuestas: de un lado, parece estar plácidamente dormido, como si se tratase de un niño pequeño; de otro, en abrupto contraste, la pesada montaña natural o montón de basura está encima de él, quizás lo aplaste y por eso está rojo, alusión en este caso a los sinsabores y sufrimientos de la existencia   —¿o es que en realidad está teniendo un sueño escatológico, retrocediendo a una suerte de fase anal presidida por el principio de placer y sin conciencia de los peligros del mundo?—. Asimismo dormido y, por su esbozo de sonrisa y la relajación de sus párpados cerrados, seguramente soñando con cosas agradables, lo hallamos en Certes preguntes sobre la naturalesa de l´amor (Ciertas preguntas sobre la naturaleza del amor), otra vez envuelto como una crisálida en su capullo. El estado, sin embargo, que mejor lo caracteriza es su conflicto con el medio natural, el grado de desarmonía con respecto a la naturaleza, una ruptura que también está en los orígenes de la modernidad y atestigua y documenta espiritualmente Miguel Eyquem, señor de Montaigne, cuya experiencia consiste «sobre todo en el descubrimiento de la insignificancia del hombre, que al estimarse equivocadamente superior al resto de las cosas, olvida los vínculos que lo unen a la Naturaleza» (Ferrater Mora). De ahí que un pez le muerda el pie a nuestro simpático personaje en Els dolços dies (Los dulces días), para poner de relieve ese desencuentro que sólo puede acarrear infelicidad, acentuada a medida que ha ido avanzando la industrialización. Más aún que en otros, se observa en este cuadro ese modo de proceder nada solemne ni grandilocuente de Vilapuig, sino, por el contrario, desenfadado, irónico, humorístico, inteligente y asequible manera de abordar problemas existenciales.

Como Montaigne, Oriol Vilapuig no pretende sino describir un tipo de hombre «particular bastante mal formado», con sus contradicciones y paradojas, lanzado a la vorágine de un mundo que la mayor parte de las veces no comprende, pero que al menos quiere saber algo de por qué está aquí, qué quiere hacer en realidad, cuál es su proyecto de vida. Como Montaigne, Oriol Vilapuig sabe que no hay soluciones definitivas, que nunca terminamos de conocer el mundo y de conocernos, que todo es un misterio y una paradoja. Por eso, «si mi alma pudiera fijarse, no me ensayaría, me resolvería; siempre está en aprendizaje y en prueba». Así también los cuadros de Vilapuig, ensayos del alma que certifican nuestra naturaleza abierta, inconclusa, en evolución permanente.

Publicado en el catálogo de la individual dedicada a Oriol Vilapuig, en la Sala de Arte de la Universidad de Málaga, en marzo de 2001.

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