lunes, 24 de junio de 2013

ARTÍCULO 18



El Surrealismo en pintura
Contribuir al descrédito total del mundo de la realidad



© ENRIQUE  CASTAÑOS



Ése es exactamente el objetivo que se marcaba Salvador Dalí en La Femme visible (1930) y que puede servir de lema a buena parte de los protagonistas del Surrealismo histórico: «La sistematización de la confusión y la contribución al descrédito total del mundo de la realidad». Hoy está firmemente aceptado que el Surrealismo en las artes visuales, en el dibujo y en la pintura sobre todo, es una poderosa corriente subterránea que atraviesa el arte de Occidente desde el Medioevo, siendo El Bosco, Goya, Piranesi, Füssli, Blake, Böcklin y Redon algunos de sus más destacados representantes. Pero los precedentes inmediatos del movimiento surrealista, esto es, del grupo de escritores y artistas que se organizaron alrededor de Breton a partir de 1924, corresponden al Marc Chagall anterior a la Gran Guerra, al Giorgio de Chirico entre 1910 y 1916 y al Dadaísmo. El inocente mundo de Chagall, inundado de amor y que ya fue calificado antes de 1914 de «sobrenaturalista» por Apollinaire, es el de un hombre que parece vivir en un sueño, con un riquísimo mundo interior: «Sólo es mío el país que se halla en mi alma». Aunque quizá sea El sueño, del Aduanero Rousseau (1910), la primera pintura «surrealista» del siglo pasado, un autor, precisamente, homenajeado por Apollinaire y Picasso. De Chirico coloca formas sin sustancia vital en un espacio vacío e inhabitable y en un tiempo que no es eterno sino inmóvil. El arte, para él, tiene una presencia ambigua, inquietante y contradictoria, no tiene fines cognoscitivos, es pura metafísica, algo metahistórico. El Dadaísmo, por su lado, tiene una importancia decisiva, ya que muchos de sus integrantes pasarían a formar parte del Surrealismo. Fundado primero en Zurich, en 1916, en torno al Cabaret Voltaire que regentaba Hugo Ball, y con otros focos casi simultáneos en Nueva York, Colonia, Berlín, Hannover y Barcelona, Dada, que va a tener en el poeta Tristan Tzara quizá su mejor vocero, era un movimiento antiartístico, antiestético, desorganizado, fragmentario y abiertamente provocador, que pretendía un imposible: aunar el arte con la vida.
La primera vez que se empleó el término fue en junio de 1917, cuando Apollinaire escribió como subtítulo de Les Mamelles de Tirésias la expresión «drame surréaliste», esto es, en rigor, «drama superrealista», pero que ha terminado traduciéndose como «drama surrealista». Este término fue el que finalmente se impuso en todo el mundo. El núcleo fundador del Surrealismo es el formado por André Breton, Louis Aragon y Philippe Soupault, quienes fundaron la revista Littérature en París en 1919. Además de a Giorgio de Chirico, Breton concedió un papel decisivo como padres espirituales del Surrealismo a Lautréamont y a Sigmund Freud, el primero, como analizó tan brillantemente Georges Bataille, por su profunda inmersión en el mal, y el segundo por su descubrimiento del subconsciente, quizás el más influyente de todo el pasado siglo. Un profeta del inconsciente, que no pasó desapercibido a Breton, fue Henri Bergson, para quien la filosofía es una intuición que intenta penetrar hasta la profundidad de lo real y extraer de ella, por medio de imágenes, lo que los conceptos no pueden revelar en toda su plenitud. En la vida psíquica, piensa Bergson, se encuentra el carácter esencialmente cambiante y huidizo que posee lo real. La vida es imprevisible. La memoria pura es la esencia misma de la conciencia. La memoria es la unidad de la persona y la unidad del espíritu.
En 1920, Tzara y Picabia se establecieron en París y los dadaístas entraron en contacto con el grupo de Littérature. La celebración, en 1922 y organizado por Breton, de un Congreso Internacional para determinar una directriz de defensa del espíritu moderno, aceleró la ruptura de Tzara con la secta de Breton. Un año antes, Breton y Soupault publicaron la primera obra literaria surrealista, Les champs magnétiques, aplicación del concepto de escritura automática, no controlada por la razón. Con la fundación en 1924 de la Oficina de Investigaciones Surrealistas, cuyo órgano de expresión fue La Révolution Surréaliste, la secta de Breton estaba ya constituida. La fundación, pocos meses antes, de la revista Surréalisme, en la que colaboraron el católico Pierre Reverdy y René Crevel, entre otros, no fue bien vista por Breton, que la consideró heterodoxa y nunca la reconoció. Lo de la participación de algunos católicos o recién convertidos al catolicismo en la primera hora del Surrealismo, es un fenómeno que debería ser estudiado en profundidad. Baste con citar, además de Reverdy, los casos de Antonin Gilbert Sertillanges, el benedictino Claude Jean Nesmy, el filósofo Jacques Maritain, que hizo suyo el postulado de Apollinaire de adivinar lo espiritual en lo sensible, su esposa Raïssa Maritain y el ex-jesuita Ernest de Gengenbach. La vinculación del dadaísta Max Ernst, procedente de Colonia, permitió atraer a destacadas personalidades del Dadaísmo, movimiento cuya ruptura con el grupo surrealista se había consumado desde al menos 1922. Ernst, además, creó el estilo definitivo de la plástica surrealista ortodoxa.
En el Primer Manifiesto del Surrealismo, de 1924, Breton da su famosa definición: «Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral». Exploración del subconsciente, inmersión en lo desconocido, reivindicación de lo maravilloso, el Surrealismo, como reconoce Albert Camus, es una forma de la rebelión. Herederos de Rimbaud, los surrealistas creen en la no culpabilidad absoluta del hombre y reivindican la libertad absoluta. Una de sus muchas paradojas y contradicciones es que, a pesar de erigirse en evangelio del desorden, el Surrealismo se ve en la necesidad de crear un orden. Breton se aproximó efímeramente al comunismo, que sí terminó por atrapar a Aragon. Pero Breton quería al mismo tiempo la revolución y el amor, que, como opina lúcidamente Camus, son incompatibles. Al final, frente a Marx, que indudablemente le seducía, pues lo consideraba un profeta de la libertad colectiva, Breton elige a Rimbaud. El Surrealismo tenía que terminar oponiéndose al totalitarismo, a la negación del individuo, y eso lo representa en grado extremo, junto con el nacionalsocialismo, el comunismo. Las tensiones políticas, muy propias del decenio de 1930, se reflejaron muy especialmente en la revista Le Surréalisme au Service de la Révolution.
De las dos grandes corrientes que atraviesan la pintura surrealista, la que practica el automatismo y la que se sumerge en una tradición figurativa inquietante y angustiada, André Masson y Joan Miró son los mejores exponentes de la primera, y Salvador Dalí, Max Ernst, Yves Tanguy y René Magritte de la segunda.

Publicado en el diario SUR de Málaga el 24 de octubre de 2008
 

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