domingo, 23 de junio de 2013

ARTÍCULO 14



Realismo subjetivo, intemporalidad y espiritualidad en Rembrandt

Conmemoración del IV Centenario del nacimiento del pintor de Leyden


© ENRIQUE  CASTAÑOS


La posición preeminente de Rembrandt en la historia de la pintura occidental, al lado de genios como Velázquez, Goya o Tiziano, deriva tanto de su portentosa técnica como de su hondísima penetración en la condición humana, especialmente en los rasgos del carácter y en la vida interior de los individuos. La evolución de su técnica es paralela a su interés por lo psicológico, el mundo de los sentimientos íntimos y la más acendrada religiosidad. Al igual que Miguel Ángel o Tiziano, su obra se hace más profunda y esencial a medida que avanza en edad, siendo precisamente su etapa culminante la de madurez, a partir de 1649.
Nacido en la ciudad holandesa de Leyden el 15 de julio de 1606, su obra atraviesa, además de la ya citada, otras tres etapas: la de juventud en su villa natal, de 1625 a 1631; el primer periodo de Amsterdam, de 1632 a 1639; el segundo periodo de Amsterdam o etapa intermedia, entre 1640-47; y el último periodo hasta su muerte el 4 de octubre de 1669. Aunque la producción de Rembrandt no puede someterse a clasificaciones estilísticas rígidas, pues está en permanente evolución y transformación, sí es posible establecer algunas características generales. Durante la primera etapa, asimila y supera con rapidez las lecciones aprendidas de su maestro Pieter Lastman, empezando a despuntar algunas constantes de su obra futura: la importancia concedida al claroscuro como medio favorito de expresión; una mayor inclinación natural hacia lo romántico y lo pintoresco que hacia el ideal clásico de belleza; el interés por los cambios que se originan en la vida interior de las personas, centrados en esta época en la representación de ancianos. En los cuadros de este periodo comienza a advertirse ya su técnica única y prodigiosa, por ejemplo, dándole empaste abundante a unas zonas y dejando más sueltas y líquidas otras, o bien haciendo uso del extremo del pincel para arañar la pintura, o bien investigando con la luz, de tal modo que se logra una perfecta integración de la figura en el espacio que la rodea.
La llegada de Rembrandt a Amsterdam le va a poner en contacto con las principales corrientes del barroco internacional, dominado en ese momento por el estilo monumental de Rubens, y le va a permitir lanzarse a la etapa más triunfante de su vida, adoptando las formas de un gran señor. Es entonces cuando se casa con Saskia van Uylenburgh, hija de una familia acaudalada y respetable, cuando inicia su pasión de coleccionista de objetos artísticos, desde pinturas y esculturas hasta tejidos y armas orientales, y cuando, en 1639, compra una gran casa. La etapa comienza con un cuadro, La lección de anatomía del Dr. Tulp, de 1632, presidido por las caracterizaciones de los individuos, la coherencia del grupo, la potencia del claroscuro en combinación con la sutileza atmosférica y la unión dramática entre tensión pictórica y psicológica. Periodo generoso en cuadros de escenas violentas y dramáticas, termina con una obra extraordinariamente atractiva, la Dánae del Ermitage, de 1636, una obra cuya clave compositiva es la mano extendida de la sensual muchacha.
Durante el periodo intermedio, Rembrandt oscila entre las tendencias barrocas a lo Rubens y las clasicistas a lo Poussin, interpenetrándose en realidad ambas, hasta que hacia 1648 el clasicismo adquiere prioridad, lo que no significa que él fuese nunca un pintor clasicista. El carácter barroco, como ha entrevisto uno de sus mayores estudiosos, Jakob Rosenberg, sigue viviendo en un claroscuro cada vez más intenso y en una técnica pictórica cada vez más fluida. Pero ahora Rembrandt, de la tensión emocional y dramática del periodo anterior, evoluciona hacia la serenidad y la calma. De esta época es su cuadro más célebre, La ronda de noche, de 1642, una brillante transformación radical del tradicional retrato de grupo, cuya coherencia impar se debe tanto a la complejidad del movimiento que se organiza en toda la profundidad del espacio, al claroscuro animado por intensas notas de color y a la gradación de los contrastes entre la luz y la sombra. Los cuatro planos en profundidad en que se divide la escena conviven con una animación que tiene su origen en la orden de arranque de la marcha del capitán Cocq.

 Rembrandt. El entierro de Jesús. 1654. Aguafuerte, punta seca y buril. 211 x 161 mm. BNF, París.

Cuando comienza su etapa de madurez, en 1648, hacía ya seis que había muerto Saskia, quien le dio un hijo, Titus, en 1641. También hacía varios años que su éxito profesional había empezado a declinar, en parte por el cambio de gusto que se opera en Amsterdam en la década de 1640. En el periodo de madurez culmina todo el arte de Rembrandt, convirtiéndolo en uno de los tres o cuatro espíritus más extraordinarios y profundos del arte europeo de todos los tiempos. Ya había dado el artista por entonces sobradas muestras de su capacidad como dibujante, absolutamente excepcional, tanto por la rapidez y penetración agudísima de la visión como por la capacidad de síntesis, por la unión milagrosa de economía de medios y expresividad. Entre 1648-50 el más grande grabador de la historia realiza su grabado más famoso, La estampa de los cien guilders, un prodigio de unidad compositiva y atmosférica basada en los contrastes de luz y sombra y en los tonos intermedios, por no hablar de la profunda religiosidad que lo impregna todo, un trasunto plástico del Sermón de la Montaña. También ahora llega a su cima el arte del autorretrato del creador que más veces se representó a sí mismo en toda la historia, pero no con una intención que tenga que ver con la soberbia o la vanidad, sino con un interés introspectivo, ahondando en los cambios del alma. Resulta cuanto menos sorprendente que a medida que las tragedias personales se acumulan en su vida, mayor es su religiosidad y serenidad artísticas. Su siguiente compañera, la atractiva y adorada Hendrickje Stoffels, a la que conoció hacia 1645, murió en 1663. Su hijo Titus, débil y enfermizo, moriría en 1668. En 1656 Rembrandt tuvo que vender sus propiedades y colecciones, pues las deudas lo habían arruinado. Gracias a la ayuda de Hendrickje y de Titus, que fundaron una sociedad, pudo sobrevivir y salvaguardar las ganancias de su trabajo. Su profundo drama religioso, sólo comparable al de Miguel Ángel, aflora ahora con toda su fuerza, haciendo unas obras de intensidad inigualable, religiosa y psicológica, unas obras intemporales, mejor dicho, por las que parece, como dice Georg Simmel, acumularse todo el tiempo y todas las experiencias de la vida, lo que las hace precisamente intemporales y eternas. La Betsabé del Louvre, Los síndicos pañeros, del Rijksmuseum, y El regreso del hijo pródigo, del Ermitage, son los testimonios culminantes de un creador impar que trató de iluminar las tinieblas de la condición humana.

Publicado en el diario SUR de Málaga el 14 de julio de 2006

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