lunes, 24 de junio de 2013

ARTÍCULO 21



El perturbador clasicismo de Balthus

© ENRIQUE  CASTAÑOS





Los rasgos que quizás más exactamente definan la obra de Balthus son un intemporal clasicismo, una perturbadora belleza, una rigurosa ordenación compositiva y una verdadera pasión por algunos pocos artistas auténticamente grandes, sobre todo por Piero della Francesca y por Masaccio, aunque también por Giotto, Poussin y Cézanne. Nacido en París en 1908, Balthazar Klossowski de Rola, que era su nombre, era hijo de un matrimonio de artistas de origen polaco, nacionalizados alemanes, que vivían en la capital de Francia, Erich Klossowski y Elizabeth Baladine. En 1918, un año después de separarse de su marido, Elizabeth inició una relación amorosa con el poeta checo Rainer Maria Rilke, que llegó a prologar unos dibujos a tinta china de Balthus en 1921. Educado en un ambiente exquisito, residente en Berlín y Suiza desde 1914 hasta 1924, la gran pasión de Balthus a lo largo de su dilatada vida fue la pintura, a la que se entregó con una sinceridad y una honestidad desconocidas en su época, ajeno a los cantos de sirena de las modas y de los movimientos de la vanguardia histórica, especialmente el surrealismo, del que se mantuvo conscientemente alejado, preservando siempre una independencia personal que, aunque fue la causa de su tardío reconocimiento público, sí le granjeó en cambio un profundo respeto por parte de los miembros de la comunidad artística, entre ellos Picasso, que se consideró su amigo y le compró un extraordinario lienzo, Los niños Blanchard, de 1937.


Balthus. La calle. 1933.


En 1926 había viajado a Italia, encontrándose por primera vez con la belleza intemporal de los frescos de Piero en Arezzo, cuya concordancia de proporciones de las figuras, perfectamente integradas en el espacio, así como su severa dignidad, impresionan tan profundamente a Balthus que le marcarán para el resto de su vida. El primer cuadro que llama la atención de sus coetáneos es la segunda versión de La calle, de 1933, en el que repararon el crítico y coleccionista Wilhelm Uhde y André Breton. Dos aspectos al menos convierten este gran lienzo en una obra maestra: la poderosa estructura compositiva, a base de líneas geométricas que la dotan de un estatismo muy firme en el que se advierten ecos de Seurat, y el elemento inquietante, una escena de violación camuflada en la zona izquierda. El erotismo nunca va a estar en Balthus sometido a la anécdota o a la literatura, siendo éste uno de los puntos en los que se distancia del surrealismo, sino que siempre lo encontraremos subordinado a la pintura. En 1934 expone en la galería Pierre de París La lección de guitarra, un cuadro que inicia uno de los temas más frecuentados en su pintura, el de las jovencitas adolescentes, aunque también es verdad que muy pocas veces se acercaría a este motivo con la carga de provocación deliberada que observamos en ese óleo. Las adolescentes de Balthus, casi siempre en interiores separados de la realidad exterior, reclinadas o sentadas en posiciones insinuantes, entregadas a la lectura, abandonadas al sueño o simplemente ensimismadas en sus pensamientos, constituyen la mejor prueba del significado último de su pintura: la imposible recuperación del único paraíso perdido en la vida del hombre, a saber, la infancia. Todos estos cuadros de niñas en la edad de la pubertad, lejos de ser el reflejo de un pervertido sexual, son la expresión de una añoranza inalcanzable, un mundo de inocencia y de libertad que no existe en la prosaica realidad contemporánea de los adultos. Por esos estos personajes femeninos, situados en espacios pulcramente ordenados y que semejan a veces ser escenarios teatrales, dejan transcurrir su existencia apartadas del mundo, inmersas en una atmósfera limpia y luminosa donde puede liberarse su imaginación y su fantasía. Pero lo que más cautiva al entendido es la extraordinaria factura de estas superficies pintadas, su textura como de revoque húmedo preparado para una pintura al fresco. Esto es particularmente visible en la obra del decenio de los setenta, por ejemplo en El levantarse, donde el cuerpo de la niña está construido con una densidad matérica digna de los primitivos italianos.

Otro de los temas capitales en la pintura de Balthus es el paisaje, cuyos referentes máximos son Poussin y Cézanne, es decir, el clasicismo, la presencia de lo intemporal y de lo eterno en la naturaleza, y la incardinación de la historia del arte en el paisaje natural. Los paisajes de Balthus, por esto mismo, son siempre paisajes profundamente civilizados, producto de la intervención del hombre, construidos con un orden geométrico tan preciso que son sinónimo de estabilidad, serenidad y proporción clásica. Balthus es un ferviente defensor del concepto de belleza desarrollado por Platón en El Banquete, no la belleza de los cuerpos, sino la belleza de las ideas, el amor a lo bello en sí, una belleza moral asociada a la idea del Bien. En cierto modo Balthus es un platónico, aunque la belleza de su pintura reside muy principalmente en su prodigiosa técnica. Sus paisajes de los años sesenta no presentan ya el carácter ensoñador y romántico de mediados de los cuarenta; ahora están sumidos en un orden imperturbable.

Su elección en 1961 para dirigir la Academia de Francia en Roma, situada en Villa Médicis, inicia una nueva etapa en su vida, implicándose de lleno en tareas relacionadas con la gestión y la política cultural. Su cargo en ese puesto duraría dieciséis años, durante los que tiene tiempo de reformar el funcionamiento de la institución y abrirla al mundo cultural italiano y europeo. En 1962 conoce en Japón a Setsuko Ideta, con quien se casará en 1967 y con quien tendrá a su hija Harumi. Su primera esposa, Antoinette de Watteville, con quien se casó en 1937, le dio dos hijos, Stanislas y Thadée, siendo parte de la causa de la crisis matrimonial con ella precisamente los desnudos de jovencitas. Entre 1983-84 se celebró una importante retrospectiva de su obra en Nueva York, París y Kyoto. La consagración definitiva se produjo a finales de 2001, el mismo año que murió, con la magna exposición del Palazzo Grassi de Venecia.

Publicado en el diario SUR de Málaga el 29 de febrero de 2008
 

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